martes, 3 de septiembre de 2013

Veinticuatro toneladas de fuego y memoria

Veinticuatro toneladas de fuego y memoria_ Página/12, miércoles 26 de junio 2013.

Por Mempo Giardinelli

Hoy, 26 de junio, hacen exactamente 33 años del día en que la dictadura ordenó quemar millones de libros del Centro Editor de América Latina.

Ese 26 de junio de 1980 está en la memoria más horrible de la Argentina y escribo esto pensando una vez más en todo el dolor que todavía nos deben.

Propongo recordar lo sucedido. Propongo que imaginemos aquel 26 de junio de aquel 1980. Día frío y gris, pero no llueve. La acción en Sarandí, partido de Avellaneda, provincia de Buenos Aires. A corta distancia de lo que entonces se llamaba Capital Federal, vemos que de un gran depósito sobre las calles O’Higgins y Agüero (hoy Crisólogo Larralde) entran y salen camiones cargados de libros. Son veinticuatro toneladas de libros. En silencio, suboficiales, soldados y policías vacían lentamente el depósito bajo las escrutadoras severas miradas de oficiales del Ejército Argentino, algunos muy jóvenes.

El depósito –un amplio galpón– y todos los libros pertenecen a la conocida editorial Centro Editor de América Latina, una de las más prestigiosas y originales casas editoras de libros del país y el continente, fundada y dirigida por Boris Spivacow, un respetado matemático de 65 años, hijo de inmigrantes rusos. Entre 1958 y 1966 había sido gerente general de Eudeba (la Editorial de la Universidad de Buenos Aires) y la había colocado en el pináculo de la consideración pública por sus colecciones de extraordinaria calidad y cuidado a precios populares. Hasta que la tristemente célebre Noche de los Bastones Largos, el 29 de julio del ’66, junto con centenares de profesores e investigadores, Spivacow fue forzado a abandonar Eudeba y la universidad.

Inmediatamente empezó a soñar con una empresa independiente y autosuficiente. Y así, con toda la experiencia acumulada, fundó la editorial Centro Editor de América Latina, que llegó a convertirse en una de las más fuertes editoriales del continente, y sus colecciones fueron formadoras de ciudadanía y fuente de conocimiento en todas las disciplinas.

Las fuerzas armadas de la época tenían a Spivacow, como se decía entonces, “marcado”. La supervivencia casi milagrosa de la editorial durante los primeros años de la dictadura tenía, por lo tanto, los días contados. Y el final fue ese día, ese 26 de junio del año ’80, en que llegaron las tropas en sus camiones y empezaron a cargar libros, paquete por paquete, y en sucesivos viajes llevaron 24 toneladas de cultura y conocimiento desde el depósito de Agüero y O’Higgins hasta un baldío que había entonces a muy pocas cuadras, en la calle Ferré, entre Agüero y Lucena.

Allí, una vez descargados los libros –posiblemente un par de millones de ejemplares– un valiente oficial habrá dado la marcial y ceremoniosa orden de prenderles fuego. “Procedan”, habrá dicho con firmeza y yo imagino que sin inmutarse, sin culpa alguna, sin siquiera darse cuenta de la atrocidad que cometía en ese instante miserable.

Así se quemaron esos libros, aquel 26 de junio de 1980, y con ellos se quemaron años de saber, de cultura, de investigaciones, de sueños y ficciones y poesías. Y se quemó una parte esencial de la Argentina más hermosa, incinerada por la Argentina más horrenda y criminal.

El expediente judicial –informan ahora amigas y amigos que han guardado intacta la memoria de esa jornada ominosa– dice que aquel día estuvieron presentes allí algunas personas de la editorial: el fotógrafo Ricardo Figueiras, Amanda Toubes, Alejandro Nociletti, Hugo Corzo y el propio Boris Spivacow.

Me cuesta imaginarlos, ahora. Pero no los veo llorando sino concentrados y serios, dignos y elocuentes en su silencio atronador. Los veo observando con dolor a las bestias de uniforme que cumplían esa orden infame que algún oficial de alta graduación, algún oscuro dictador habría dispuesto en algún oscuro lugar del poder. Pero no veo que ninguno de ellos baje o desvíe la mirada. Como si supieran que algún día y en una democracia, aunque plena de imperfecciones, esos libros amados iban a renacer de entre las cenizas.


Y eso es lo que sucede hoy, 26 de junio de 2013 y en Democracia: amigos de la Biblioteca Nacional informan que hoy por la mañana se hará el primer acto simbólico en el mismo lugar de la quema, ahí en Sarandí. Lamento estar tan lejos, pero simbólicamente voy a hacer con mi hija una casita de libros en el jardín de nuestra casa. Y le voy a explicar cómo es que el fuego destruye todo, libros incluidos, pero nunca puede destruir los sentimientos, el saber y la memoria.

Todos los días - María Pía López



Todos los días. Todos los santos días: de lunes a viernes. La escuela esperaba. Estaba ahí, había que llegar a ella, aceptar su acogedor abrazo. Darle su alimento: nuestra obediencia y nuestra indisciplina. Darle los cuadernos.
Todos los días cuadernos pintados. Con pequeñas banderas -pintadas con lápices de colores- de los países que ese día jugaban un partido. Creo recordar que un gauchito dibujado era parte de los dones cotidianos a la escuela.
Todos los días, dibujar y pintar. Una y otra bandera. Razones pedagógicas, quizás: un presunto interesado camino hacia el saber histórico y geográfico. El fútbol sería el camino apasionado hacia ese anaquel de conocimientos. Pero la pedagogía fracasó conmigo.
Todos los días, la pedagogía de los lápices de colores produjo odio. Sólo eso: no recuerdo ninguna bandera. Apenas, por reiteración, la de Argentina. Quizás se debió a que no quería levantarme de la cama para hacer los deberes. Sin saber que evocaba a Onetti, pretendía que la escritura y la horizontalidad eran compatibles. Quizás se debió, también, a que la ociosidad alcanzaba, con peculiar insistencia, al acto de sacar puntas a los lápices. La horizontalidad y las puntas rasposas imposibilitaron todo placer y cualquier aprendizaje.
Todos los días, odio al mundial. Si había partidos, había banderas. Si había banderas, había que pintarlas. Y encima, el gauchito. Varias desconfianzas deben provenir de esos días: frente al festejo futbolístico, frente a la escuela, frente a la infancia. Porque la infancia no es bella. Tanto que no puedo recordar con alegría a esa niña de segundo grado, con cuadernos que solían ser acreedores de la demanda de mayor prolijidad, que nunca supo peinarse ni sacarle punta a los lápices.
Por esos días la revista Para Ti —¡recién ahora percibo el arcaísmo de ese nombre en el país del voseo!— traía postales. Era un servicio patriótico: había que enviarlas al exterior para contrarrestar la campaña antiargentina. Recuerdo una, tan inocente como el gauchito. Niños rubios agitando banderitas nacionales. La frase: los argentinos somos derechos y humanos. Quizás me gustaba la foto, o querría haber sido una niña rubia bien peinada. Por algo la recuerdo. Pero no la mandé.
Banderas y niños. Un infante gaucho como símbolo mayor: inocencia y alegría. Fábula de la infancia: la inocente alegría del no saber. El problema es que se sabía, que esa niña que fui —que soy cuando recuerdo—, sabía. Sabía que la tranquilidad de la siesta en el Barrio Obrero de una ciudad bonaerense podía rasgarse con un operativo militar. Sabía que Navidad no era nombre de la espera de un gordo vestido de rojo, sino el momento de la frustración por otro blanqueo no efectuado, el fin de otra espera. Sabía que ningún festejo dejaba de estar amenazado por los relatos sobre el sonido de un tren arrollando autos.

Todos los días sabía y todos los días ignoraba. Porque sabía quería ser una niña rubia -bien peinada- agitando una pequeña bandera celeste y blanca; porque ignoraba creía que el problema era el áspero sonido de los lápices sin punta en un papel. Los cuadernos habrán sido tirados como restos poco memorables. La escuela está allí, todavía a la espera de las ofrendas que cada generación debe sacrificarle. Richard nunca tuvo legalización ni amnistía navideña. Mi abuela esperó, hasta su muerte, escuchar que su nieto golpeara a su puerta. Casi en secreto me contó que cada noche despertaba sobresaltada, imaginando esos golpes.
Yo: todavía huyendo de eso que fue juego e infierno. Todos los días.

¿Dónde mueren los pájaros?- Gastón Gori



No son pocas las personas que se formulan esta pregunta y por supuesto, que a mí me inquieta
desde hace décadas…. Cuando comencé a corretear pájaros, admirarlos y aún perseguirlos, pues
no estuvo libre mi infancia de ese error en la conducta de quien se había criado en las afueras de
la ciudad en donde abundan diversas especies y más aún por mis correrías por los campos agrícolas cubiertas sus esquinas por arboledas comunes en los potreros por afición y necesidad de paraísos que tuvieran los primeros inmigrantes que araron esta tierra. Pero nunca fue interrumpida por mucho tiempo mi presencia en granillares como tampoco mis conversaciones con los colonos y sus hijos.
De tal manera ver centenares de pájaros y hablar y oír hablar sobre ellos fue una deliciosa costumbre y contaba además con la diversidad de observaciones y opiniones de otros sobre el tema de los pájaros y el misterio de su muerte. ¿Por qué nunca vimos un pájaro muerto por causas naturales de la vida? ¿Por qué nunca encontramos en el suelo un pájaro muerto? ¿Es posible verlos muertos entre yuyos por que son pequeños? ¿Ocurriría lo mismo si se tratar de un cardenal muerto atrayendo con su cabeza emplumada de color rojo? He visto durante largo trecho entre San Javier y Alejandra, las bandadas de cardenales volando o posados en árboles. ¿Por qué entre tantos y durante mucho tiempo, nunca he visto un cardenal muerto en el camino, o en el campo donde con cierta frecuencia anduve en distintos meses de los años que estuve por allá? La tesis de la alimaña que se los come apenas mueren la deshecho por arbitraria sin ninguna prueba ni posibilidad de pueba. Lo cierto, lo verdadero es que también los pájaros mueren, pero ¿dónde? Que mueren no hay dudas, y hasta podemos ver que muere un pájaro que durante años estuvo enjaulado. Primero dejan de comer, luego lo vemos
sosteniéndose en una varilla de la jaula. Después lo vemos en la misma varilla y con evidente signo de tristeza. Es por esto último que cuando muere un pájaro que tuvimos durante años, decimos «murió de tristeza».
A estos sí vemos morir, pero nunca asociamos su muerte con la posible muerte de los otros pájaros que viven libres.
El misterio subsiste. ¿Dónde mueren los pájaros?
¿Por qué nunca hallamos un muerto así, de incógnito?


El silencio de las sirenas.

El silencio de las sirenas.

Kafka, en una reescritura del mito de Ulises, sugirió que lo que mataba a los marinos que escuchaban a las sirenas no era su canto sino su silencio.
La literatura argentina de los últimos treinta años invita a pensar y a pensarse con su más valiosa herramienta, la palabra.

Los derechos humanos incluyen el derecho a la cultura, entendida esta como «la creación artística junto con la interpretación, realización y difusión de las obras del arte, así como los modos en que una sociedad y sus miembros expresan sus sentimientos sobre la belleza y la armonía y su visión del mundo».
La represión a la cultura es, una forma radical de represión política, que produce a la vez un daño colectivo y un daño en la subjetividad de cada individuo, privándolo del acceso a los bienes a los que tiene un derecho inapelable.
Frente a la transparencia monológica del discurso autoritario construida en torno a una Verdad única -la de los militares en la última dictadura-, la literatura del período se propuso recuperar esas voces silenciadas por el Terror.
Para evitar el encierro, la tortura y la muerte, muchos de los escritores optaron por un lenguaje ambiguo, donde la utilización de la metáfora les permitiera expresarse a pesar de las limitaciones. Aunque gran parte de los relatos escritos en esta clave fueron censurados y prohibidos por el régimen totalitario (la quema de libros del Centro Editor de América Latina es un ejemplo paradigmático).
La narración es un recurso muy valioso para comprender lo inexplicable del horror. Narramos para configurar en forma de relato los acontecimientos, los sentimientos, la experiencia vivida. Y narramos como testimonio de nuestra forma de ser en el mundo.

Ante el terrorismo de estado, surge la necesidad de realizar procesos de elaboración del duelo social a través de la recuperación de su memoria colectiva. 

                                                                                                                                               julieta

Caso Gaspar

EDUCACION/ MATERIAL DIDACTICO : UN CUENTO DE ELSA BORNEMANN, CENSURADO 


Caso Gaspar 







Aburrido de recorrer la ciudad con su valija a cuestas para vender —por lo menos— doce manteles diarios, harto de gastar suelas, cansado de usar los pies, Gaspar decidió caminar sobre las manos. Desde ese momento, todos los feriados del mes se los pasó encerrado en el altillo de su casa, practicando posturas frente al espejo. Al principio, le costó bastante esfuerzo mantenerse en equilibrio con las piernas para arriba, pero al cabo de reiteradas pruebas el buen muchacho logró marchar del revés con asombrosa habilidad. Una vez conseguido esto, dedicó todo su empeño para desplazarse sosteniendo la valija con cualquiera de sus pies descalzos. Pronto pudo hacerlo y su destreza lo alentó.

—¡Desde hoy, basta de zapatos! ¡Saldré a vender mis manteles caminando sobre las manos! —exclamó Gaspar una mañana, mientras desayunaba. Y —dicho y hecho— se dispuso a iniciar esa jornada de trabajo andando sobre las manos.

Su vecina barría la vereda cuando lo vio salir. Gaspar la saludó al pasar, quitándose caballerosamente la galera: —Buenos días, doña Ramona. ¿Qué tal los canarios?

Pero como la señora permaneció boquiabierta, el muchacho volvió a colocarse la galera y dobló la esquina. Para no fatigarse, colgaba un rato de su pie izquierdo y otro del derecho la valija con los manteles, mientras hacía complicadas contorsiones a fin de alcanzar los timbres de las casas sin ponerse de pie.

Lamentablemente, a pesar de su entusiasmo, esa mañana no vendió ni siquiera un mantel. ¡Ninguna persona confiaba en ese vendedor domiciliario que se presentaba caminando sobre las manos!

—Me rechazan porque soy el primero que se atreve a cambiar la costumbre de marchar sobre las piernas... Si supieran qué distinto se ve el mundo de esta manera, me imitarían...Pacienci

a... Ya impondré la moda de caminar sobre las manos... —pensó Gaspar, y se aprestó a cruzar una amplia avenida.

Nunca lo hubiera hecho: ya era el mediodía... los autos circulaban casi pegados unos contra otros. Cientos de personas transitaban apuradas de aquí para allá.

—¡Cuidado! ¡Un loco suelto! —gritaron a coro al ver a Gaspar. El muchacho las escuchó divertido y siguió atravesando la avenida sobre sus manos, lo más campante.

—¿Loco yo? Bah, opiniones...

Pero la gente se aglomeró de inmediato a su alrededor y los vehículos lo aturdieron con sus bocinazos, tratando de deshacer el atascamiento que había provocado con su singular manera de caminar. En un instante, tres vigilantes lo rodearon.

—Está detenido —aseguró uno de ellos, tomándolo de las rodillas, mientras los otros dos se comunicaban por radioteléfono con el Departamento Central de Policía. ¡Pobre Gaspar! Un camión celular lo condujo a la comisaría más próxima, y allí fue interrogado por innumerables policías:

—¿Por qué camina con las manos? ¡Es muy sospechoso! ¿Qué oculta en esos guantes? ¡Confiese! ¡Hable!

Ese día, los ladrones de la ciudad asaltaron los bancos con absoluta tranquilidad: toda la policía estaba ocupadísima con el "Caso Gaspar—sujeto sospechoso que marcha sobre las manos".

A pesar de que no sabía qué hacer para salir de esa difícil situación, el muchacho mantenía la calma y —¡sorprendente!— continuaba haciendo equilibrio sobre sus manos ante la furiosa mirada de tantos vigilantes. Finalmente se le ocurrió preguntar:

—¿Está prohibido caminar sobre las manos?

El jefe de policía tragó saliva y le repitió la pregunta al comisario número 1, el comisario número 1 se la transmitió al número 2, el número 2 al número 3, el número 3 al número 4... En un momento, todo el Departamento Central de Policía se preguntaba: ¿EST
á PROHIBIDO CAMINAR SOBRE LAS MANOS? Y por más que buscaron en pilas de libros durante varias horas, esa prohibición no apareció. No, señor. ¡No existía ninguna ley que prohibiera marchar sobre las manos ni tampoco otra que obligara a usar exclusivamente los pies!

Así fue como Gaspar recobró la libertad de hacer lo que se le antojara, siempre que no molestara a los demás con su conducta. Radiante, volvió a salir a la calle andando sobre las manos. Y por la calle debe encontrarse en este momento, con sus guantes, su galera y su valija, ofreciendo manteles a domicilio... ¡Y caminando sobre las manos!

Copyright Elsa Bornemann c/o Guillermo Schavelzon & Asoc., Agencia Literaria, 
info@schavelzon.com

MOCHO Y EL ESPANTAPAJAROS Álvaro Yunque

MOCHO Y EL ESPANTAPAJAROS Álvaro Yunque
¿Quién se aventurará a describir lo que sucede en el cerebro de un niño soñador cuando su sueño se ocupa de una muchacha?"
Luis Gillet
- Me querés acompañar a la chacra de mi tía? - dice Tula - . Mamá me manda llevarle esta torta. Yo tengo miedo al espantapájaros que hay a la salida del pueblo.
- ¡ Puf!
- hace Mocho, y se yergue, satisfecho de que Tula, ¡tan limpia, tan suave, tan modosa!, le haga este pedido, confíe en su valor y en su fuerza, apoye en él su debilidad femenina.
- Me acompañás?
- insiste ella.
- ¡ Vamos! Comienzan a andar uno al lado del otro. Son de la misma edad, diez años, pero Mocho es bastante más alto, y parece de más edad con su corpachón vigoroso de muchacho crecido al sol y al aire libre, con su cabeza de pelos enmarañados, negros y duros, con su cara morena y como amasada a golpes. No en vano la delicada y dulce Tula busca su apoyo. El muchacho exhibe fortaleza y coraje, ¡vaya!, no lo ha visto ella misma enredarse a puñetazos con chicos mayores o correr a pedradas a perros grandes? Caminan y conversan. El:
- Por qué le tenés miedo al espantapájaros? No es nada más que un espantapájaros. Y vos no sos un pájaro. O te crees que sos un gorrión?
- Ya sé que no soy un gorrión, pero abuela dice que de noche el espantapájaros se pone a caminar, y yo pienso que si vuelvo tarde, sola, y me encuentro el espantapájaros por el camino...¡ Ay! Con sólo pensarlo, mirá, se me pone carne de gallina, me enfrío. Tocá. Mocho no se lo hace repetir. Toca la piel aterciopelada del brazo de su amiga, y habla. Habla seguro de sí:
- ¡ Son macanas eso que dice tu abuela! Yo he pasado de noche por el camino y el espantapájaros estaba allí como si fuese de día.
- Habrás pasado una noche de luna?
- He pasado en noches de luna y en noches de tormenta. El espantapájaros no se mueve de su sitio.
- Noches de tormenta? ¡Qué valiente! Mocho sonríe, gozoso. Tula cree lo que él afirma. Y dice:
- ¡ Para eso soy hombre ! Los hombres somos valientes. Continúan andando. De vez en vez, ella lo mira de reojo. Y vuelve a hablar:
- Yendo a tu lado no tengo miedo de pasar por allí frente al espantapájaros. El calla. Una ola de satisfacción le sube desde el pecho al rostro y se lo colorea. Saber que esta muchacha tan linda, tan suave, tan graciosa, confía en él, le da mayor seguridad todavía. Calla, mete las manos en los bolsillos, pisa más fuerte. Ella insiste:
- Y si saliera el espantapájaros a atajarnos en el camino?
- ¡Bah!
- hace él y se encoge de hombros, despreciativo: no toma en cuenta una suposición tan descabellada.
- Si, ya sé que no saldrá, al fin ahora es de día. Pero... si saliera?...
- ¡Lo rompo todo! ¡No le dejo una hilacha!
- afirma él, y continúa andando. Lo dice con tanta firmeza que Tula sonríe, contagiada de la seguridad de su amigo.
- Qué torta llevás allí?
- pregunta él, y las pupilas le relucen de gula.
- Una torta de dulce de membrillo para mi tía, la de la chacra. Hoy es su cumpleaños.
- A ver, dejame tomar el olor... ¡Ah, qué rica ha de ser!
- Si, es rica. Yo te daría un pedazo, pero... si mamá sabe...
- Y cómo puede saberlo?
- Muy fácil: que mi tía, mañana, cuando la vea, le diga: a tu torta le faltaba un pedazo.
- Es cierto.
- Mamá hizo otra torta para nosotros. Esta noche, cuando me den mi pedazo, en el postre de la comida, no lo comeré. Te lo guardaré para vos.
- Guardame la mitad
- concede él, un poco caballero.
- No, te lo guardaré todo.
- No, la mitad.
- Bueno, la mitad
- accede la chica, y agrega
- : También le puedo pedir a mamá un pedazo para vos. Le puedo decir que me acompañaste. Qué te parece?
- Me parece mejor. Así con tu medio pedazo y mi pedazo, yo me como un pedazo y medio. Tula no responde, aunque en verdad, Mocho no ha interpretado su pensamiento. Ella pensaba que pidiendo para él, éste se conformaría con su pedazo. En fin... Doblan el camino.
- ¡Allí está!
- exclama ella, se toma de la mano de Mocho, aminora el paso.
- Y qué?
- dice él, despectivamente
- ¡vas conmigo! Llegan delante del espantapájaros. Un sombrero de paja medio caído y, sobre la cruz de palo de sus hombros, colgantes harapos de lo que fuera un saco de hombre. Mocho lo enfrenta, burlón y valiente:
- ¡Hola, espantapájaros! Qué decís? Cómo te va? Recoge unas piedras y le tira. Acierta con una y le bambolea el sombrero. No se conforma con esa demostración de valentía. No oyendo a Tula que le balbucea:
- ¡No, Mocho, no hagas eso! Mirea que de noche se puede vengar... ¡No, Mocho!... El muchacho, de un brinco, salta el alambrado, se acerca al espantapájaros y le quita el sombrero. Ríe a carcajadas. Se topa con él y continúa andando, regocijado de su hazaña cuanto del temor con que su trémula compañera, pálida y temblorosa, lo sigue. Mocho se da vuelta y, saludando, grita:
- ¡Chau, espantapájaros! ¡Tánto gusto de saludarlo con su sombrero, señor espantapájaros! Y le tira el sombrero que cae entre los trigos de su custodia. A la vuelta, después de haber dejado el obsequio en manos de la tía, más satisfechos, porque ésta los ha invitado con masas y sandwiches, Mocho vuelve a enfrentarse con el espantapájaros: ¡Adiós, che! Te has quedado sin cabeza. te voy a poner el sombrero. Vuelve a saltar el alambrado, recoge el sombrero y lo hunde en el palo que sirve de cuello al espantapájaros. Antes de doblar el camino, se vuelve para burlarlo:
-¡ Adiós, espantapájaros! ¡ Seguí asustando a gorriones, que a mí no me asustás!
- ¡ Pero a mí me asusta!
- agrega la chica, y se toma de su mano. Llegan a las casas del pueblo.
- Hasta mañana, Mocho valiente.
- Hasta mañana, y ya sabés...
- Qué, Mocho?
- Te olvidaste lo del pedazo y medio de torta?... ¡Me quedé con unas ganas de probarla! Por la noche, una noche sin luna, con oscuros nubarrones que rezongan truenos, Mocho sale al camino. Va a buscar al espantapájaros. Va a probarle que si de día no le tuvo miedo, de noche tampoco se lo tiene. ¡ Y eso que no es noche de luna! Se burlará de él, le quitará el sombrero de paja, le desgarrará el saco. Porque el espantapájaros estará allí, en el sitio de siempre, inmóvil e inofensivo, sólo sirviendo para asustar a tontos gorriones o débiles niñas como Tula... Pero qué? Quién viene allí por el camino? Es el espantapájaros? ¡ No puede ser! ¡Y es el espantapájaros, sí! Lentamente, con sus harapos al viento, con su sombrerote de paja agitado, allí viene, por el camino, y en dirección contraria a la suya. Mocho se detiene, sorprendido y temeroso. Siente que un frío de hielo le paraliza las piernas, que la piel se le eriza, que los cabellos se le ponen de punta. Intenta gritar, y no puede. La voz se le corta. Pero entonces era verdad lo que decía la abuela de Tula? Es verdad que el espantapájaros sale de noche a andar por los caminos? ¡No puede ser! Cómo creer en tal cosa? Y sin embargo, allí está, en el camino, andando como un hombre y dirigiéndose hacia él, quizás dispuesto a vengarse de sus burlas y de sus pedradas. Ya se acerca, se acerca.... Mocho no resiste más. Da vuelta y, temblando de miedo, echa a correr. Pero corre torpemente, sus piernas temblorosas han perdido el vigor y la agilidad habituales. Y oye detrás suyo los pasos del espantapájaros que lo persigue. Los oye más cerca, ¡más cerca todavía!, ya parece que lo tiene junto a él, no puede más... Pide auxilio. A quién pedirlo sino a la madre? Intenta dar un salto, y grita:
- ¡ Mamá, mamá! Siente que ha caído. Porque Mocho acaba de rodar de la cama donde estaba soñando. Se hace la luz. A su lado está la madre, afligida:
- Qué te pasa, querido? Mocho la mira con ojos espantados. Va a decirle que el espantapájaros lo corría, pero calla. Cómo decir tal cosa? Calla y se aprieta contra su pecho, sollozante. La madre lo consuela y acaricia:
- Estabas soñando. Una pesadilla seguramente. Eso te pasa por comer mucho y a cada rato. No es nada. Acostate, querido. Yo te acompañaré. Lo tiende en la cama, lo arropa. Y se instala a su lado. Mocho se siente seguro, cierra los ojos, se duerme. Pero a la mañana siguiente, día de sol radiante y magnífico, pasando por delante del espantapájaros inmóvil, sigue derecho, lo contempla de reojo. No se le ocurre burlarlo ni tirarle piedras.




Clamores.


Las sábanas no la dejaban comenzar el día, cambiar el paraíso del interior de la cama por los fríos azulejos del inhóspito cuarto de baño era impensable. Se dio otra vuelta, enrollándose en las blancas telas que la tenían capturada con sus cálidos cánticos.

¿Y si simplemente no te levantas? – escuchaba con claridad en su oído, sin saber si se trataba de su imaginación o de una sirena enviada por Morfeo. Y de pronto no parecía necesario comenzar un nuevo día. Su mullida cama podía ofrecerle todo lo necesario para ser feliz: calor, suavidad, cariño y comprensión.
Entonces, en un acto de locura del corazón decidió quedarse ahí, por siempre. Algo en su corazón le decía que era lo correcto.
Giró nuevamente para dejarse atrapar por las finas telas blancas, que la apretaron hasta que salir parecía imposible, y con un suspiro se dejó vencer. Quién sabe si algún día hubiera sido capaz de librarse de tan maravillosa prisión si no hubiera escuchado en ese momento el angustioso llamado de una pequeña voz, que clamaba por su misericordia. Un escalofrío recorrió su espalda y se quedó ahí, apagando sin piedad ese gozo que inundaba su corazón. Y arrastrando sus ojeras se dirigió a la cocina mientras a lo lejos seguía escuchando la desesperada voz clamando:
Mamáaaaa… Lechecitaaaa…

Alfredo Rodríguez.