martes, 3 de septiembre de 2013

Caso Gaspar

EDUCACION/ MATERIAL DIDACTICO : UN CUENTO DE ELSA BORNEMANN, CENSURADO 


Caso Gaspar 







Aburrido de recorrer la ciudad con su valija a cuestas para vender —por lo menos— doce manteles diarios, harto de gastar suelas, cansado de usar los pies, Gaspar decidió caminar sobre las manos. Desde ese momento, todos los feriados del mes se los pasó encerrado en el altillo de su casa, practicando posturas frente al espejo. Al principio, le costó bastante esfuerzo mantenerse en equilibrio con las piernas para arriba, pero al cabo de reiteradas pruebas el buen muchacho logró marchar del revés con asombrosa habilidad. Una vez conseguido esto, dedicó todo su empeño para desplazarse sosteniendo la valija con cualquiera de sus pies descalzos. Pronto pudo hacerlo y su destreza lo alentó.

—¡Desde hoy, basta de zapatos! ¡Saldré a vender mis manteles caminando sobre las manos! —exclamó Gaspar una mañana, mientras desayunaba. Y —dicho y hecho— se dispuso a iniciar esa jornada de trabajo andando sobre las manos.

Su vecina barría la vereda cuando lo vio salir. Gaspar la saludó al pasar, quitándose caballerosamente la galera: —Buenos días, doña Ramona. ¿Qué tal los canarios?

Pero como la señora permaneció boquiabierta, el muchacho volvió a colocarse la galera y dobló la esquina. Para no fatigarse, colgaba un rato de su pie izquierdo y otro del derecho la valija con los manteles, mientras hacía complicadas contorsiones a fin de alcanzar los timbres de las casas sin ponerse de pie.

Lamentablemente, a pesar de su entusiasmo, esa mañana no vendió ni siquiera un mantel. ¡Ninguna persona confiaba en ese vendedor domiciliario que se presentaba caminando sobre las manos!

—Me rechazan porque soy el primero que se atreve a cambiar la costumbre de marchar sobre las piernas... Si supieran qué distinto se ve el mundo de esta manera, me imitarían...Pacienci

a... Ya impondré la moda de caminar sobre las manos... —pensó Gaspar, y se aprestó a cruzar una amplia avenida.

Nunca lo hubiera hecho: ya era el mediodía... los autos circulaban casi pegados unos contra otros. Cientos de personas transitaban apuradas de aquí para allá.

—¡Cuidado! ¡Un loco suelto! —gritaron a coro al ver a Gaspar. El muchacho las escuchó divertido y siguió atravesando la avenida sobre sus manos, lo más campante.

—¿Loco yo? Bah, opiniones...

Pero la gente se aglomeró de inmediato a su alrededor y los vehículos lo aturdieron con sus bocinazos, tratando de deshacer el atascamiento que había provocado con su singular manera de caminar. En un instante, tres vigilantes lo rodearon.

—Está detenido —aseguró uno de ellos, tomándolo de las rodillas, mientras los otros dos se comunicaban por radioteléfono con el Departamento Central de Policía. ¡Pobre Gaspar! Un camión celular lo condujo a la comisaría más próxima, y allí fue interrogado por innumerables policías:

—¿Por qué camina con las manos? ¡Es muy sospechoso! ¿Qué oculta en esos guantes? ¡Confiese! ¡Hable!

Ese día, los ladrones de la ciudad asaltaron los bancos con absoluta tranquilidad: toda la policía estaba ocupadísima con el "Caso Gaspar—sujeto sospechoso que marcha sobre las manos".

A pesar de que no sabía qué hacer para salir de esa difícil situación, el muchacho mantenía la calma y —¡sorprendente!— continuaba haciendo equilibrio sobre sus manos ante la furiosa mirada de tantos vigilantes. Finalmente se le ocurrió preguntar:

—¿Está prohibido caminar sobre las manos?

El jefe de policía tragó saliva y le repitió la pregunta al comisario número 1, el comisario número 1 se la transmitió al número 2, el número 2 al número 3, el número 3 al número 4... En un momento, todo el Departamento Central de Policía se preguntaba: ¿EST
á PROHIBIDO CAMINAR SOBRE LAS MANOS? Y por más que buscaron en pilas de libros durante varias horas, esa prohibición no apareció. No, señor. ¡No existía ninguna ley que prohibiera marchar sobre las manos ni tampoco otra que obligara a usar exclusivamente los pies!

Así fue como Gaspar recobró la libertad de hacer lo que se le antojara, siempre que no molestara a los demás con su conducta. Radiante, volvió a salir a la calle andando sobre las manos. Y por la calle debe encontrarse en este momento, con sus guantes, su galera y su valija, ofreciendo manteles a domicilio... ¡Y caminando sobre las manos!

Copyright Elsa Bornemann c/o Guillermo Schavelzon & Asoc., Agencia Literaria, 
info@schavelzon.com

MOCHO Y EL ESPANTAPAJAROS Álvaro Yunque

MOCHO Y EL ESPANTAPAJAROS Álvaro Yunque
¿Quién se aventurará a describir lo que sucede en el cerebro de un niño soñador cuando su sueño se ocupa de una muchacha?"
Luis Gillet
- Me querés acompañar a la chacra de mi tía? - dice Tula - . Mamá me manda llevarle esta torta. Yo tengo miedo al espantapájaros que hay a la salida del pueblo.
- ¡ Puf!
- hace Mocho, y se yergue, satisfecho de que Tula, ¡tan limpia, tan suave, tan modosa!, le haga este pedido, confíe en su valor y en su fuerza, apoye en él su debilidad femenina.
- Me acompañás?
- insiste ella.
- ¡ Vamos! Comienzan a andar uno al lado del otro. Son de la misma edad, diez años, pero Mocho es bastante más alto, y parece de más edad con su corpachón vigoroso de muchacho crecido al sol y al aire libre, con su cabeza de pelos enmarañados, negros y duros, con su cara morena y como amasada a golpes. No en vano la delicada y dulce Tula busca su apoyo. El muchacho exhibe fortaleza y coraje, ¡vaya!, no lo ha visto ella misma enredarse a puñetazos con chicos mayores o correr a pedradas a perros grandes? Caminan y conversan. El:
- Por qué le tenés miedo al espantapájaros? No es nada más que un espantapájaros. Y vos no sos un pájaro. O te crees que sos un gorrión?
- Ya sé que no soy un gorrión, pero abuela dice que de noche el espantapájaros se pone a caminar, y yo pienso que si vuelvo tarde, sola, y me encuentro el espantapájaros por el camino...¡ Ay! Con sólo pensarlo, mirá, se me pone carne de gallina, me enfrío. Tocá. Mocho no se lo hace repetir. Toca la piel aterciopelada del brazo de su amiga, y habla. Habla seguro de sí:
- ¡ Son macanas eso que dice tu abuela! Yo he pasado de noche por el camino y el espantapájaros estaba allí como si fuese de día.
- Habrás pasado una noche de luna?
- He pasado en noches de luna y en noches de tormenta. El espantapájaros no se mueve de su sitio.
- Noches de tormenta? ¡Qué valiente! Mocho sonríe, gozoso. Tula cree lo que él afirma. Y dice:
- ¡ Para eso soy hombre ! Los hombres somos valientes. Continúan andando. De vez en vez, ella lo mira de reojo. Y vuelve a hablar:
- Yendo a tu lado no tengo miedo de pasar por allí frente al espantapájaros. El calla. Una ola de satisfacción le sube desde el pecho al rostro y se lo colorea. Saber que esta muchacha tan linda, tan suave, tan graciosa, confía en él, le da mayor seguridad todavía. Calla, mete las manos en los bolsillos, pisa más fuerte. Ella insiste:
- Y si saliera el espantapájaros a atajarnos en el camino?
- ¡Bah!
- hace él y se encoge de hombros, despreciativo: no toma en cuenta una suposición tan descabellada.
- Si, ya sé que no saldrá, al fin ahora es de día. Pero... si saliera?...
- ¡Lo rompo todo! ¡No le dejo una hilacha!
- afirma él, y continúa andando. Lo dice con tanta firmeza que Tula sonríe, contagiada de la seguridad de su amigo.
- Qué torta llevás allí?
- pregunta él, y las pupilas le relucen de gula.
- Una torta de dulce de membrillo para mi tía, la de la chacra. Hoy es su cumpleaños.
- A ver, dejame tomar el olor... ¡Ah, qué rica ha de ser!
- Si, es rica. Yo te daría un pedazo, pero... si mamá sabe...
- Y cómo puede saberlo?
- Muy fácil: que mi tía, mañana, cuando la vea, le diga: a tu torta le faltaba un pedazo.
- Es cierto.
- Mamá hizo otra torta para nosotros. Esta noche, cuando me den mi pedazo, en el postre de la comida, no lo comeré. Te lo guardaré para vos.
- Guardame la mitad
- concede él, un poco caballero.
- No, te lo guardaré todo.
- No, la mitad.
- Bueno, la mitad
- accede la chica, y agrega
- : También le puedo pedir a mamá un pedazo para vos. Le puedo decir que me acompañaste. Qué te parece?
- Me parece mejor. Así con tu medio pedazo y mi pedazo, yo me como un pedazo y medio. Tula no responde, aunque en verdad, Mocho no ha interpretado su pensamiento. Ella pensaba que pidiendo para él, éste se conformaría con su pedazo. En fin... Doblan el camino.
- ¡Allí está!
- exclama ella, se toma de la mano de Mocho, aminora el paso.
- Y qué?
- dice él, despectivamente
- ¡vas conmigo! Llegan delante del espantapájaros. Un sombrero de paja medio caído y, sobre la cruz de palo de sus hombros, colgantes harapos de lo que fuera un saco de hombre. Mocho lo enfrenta, burlón y valiente:
- ¡Hola, espantapájaros! Qué decís? Cómo te va? Recoge unas piedras y le tira. Acierta con una y le bambolea el sombrero. No se conforma con esa demostración de valentía. No oyendo a Tula que le balbucea:
- ¡No, Mocho, no hagas eso! Mirea que de noche se puede vengar... ¡No, Mocho!... El muchacho, de un brinco, salta el alambrado, se acerca al espantapájaros y le quita el sombrero. Ríe a carcajadas. Se topa con él y continúa andando, regocijado de su hazaña cuanto del temor con que su trémula compañera, pálida y temblorosa, lo sigue. Mocho se da vuelta y, saludando, grita:
- ¡Chau, espantapájaros! ¡Tánto gusto de saludarlo con su sombrero, señor espantapájaros! Y le tira el sombrero que cae entre los trigos de su custodia. A la vuelta, después de haber dejado el obsequio en manos de la tía, más satisfechos, porque ésta los ha invitado con masas y sandwiches, Mocho vuelve a enfrentarse con el espantapájaros: ¡Adiós, che! Te has quedado sin cabeza. te voy a poner el sombrero. Vuelve a saltar el alambrado, recoge el sombrero y lo hunde en el palo que sirve de cuello al espantapájaros. Antes de doblar el camino, se vuelve para burlarlo:
-¡ Adiós, espantapájaros! ¡ Seguí asustando a gorriones, que a mí no me asustás!
- ¡ Pero a mí me asusta!
- agrega la chica, y se toma de su mano. Llegan a las casas del pueblo.
- Hasta mañana, Mocho valiente.
- Hasta mañana, y ya sabés...
- Qué, Mocho?
- Te olvidaste lo del pedazo y medio de torta?... ¡Me quedé con unas ganas de probarla! Por la noche, una noche sin luna, con oscuros nubarrones que rezongan truenos, Mocho sale al camino. Va a buscar al espantapájaros. Va a probarle que si de día no le tuvo miedo, de noche tampoco se lo tiene. ¡ Y eso que no es noche de luna! Se burlará de él, le quitará el sombrero de paja, le desgarrará el saco. Porque el espantapájaros estará allí, en el sitio de siempre, inmóvil e inofensivo, sólo sirviendo para asustar a tontos gorriones o débiles niñas como Tula... Pero qué? Quién viene allí por el camino? Es el espantapájaros? ¡ No puede ser! ¡Y es el espantapájaros, sí! Lentamente, con sus harapos al viento, con su sombrerote de paja agitado, allí viene, por el camino, y en dirección contraria a la suya. Mocho se detiene, sorprendido y temeroso. Siente que un frío de hielo le paraliza las piernas, que la piel se le eriza, que los cabellos se le ponen de punta. Intenta gritar, y no puede. La voz se le corta. Pero entonces era verdad lo que decía la abuela de Tula? Es verdad que el espantapájaros sale de noche a andar por los caminos? ¡No puede ser! Cómo creer en tal cosa? Y sin embargo, allí está, en el camino, andando como un hombre y dirigiéndose hacia él, quizás dispuesto a vengarse de sus burlas y de sus pedradas. Ya se acerca, se acerca.... Mocho no resiste más. Da vuelta y, temblando de miedo, echa a correr. Pero corre torpemente, sus piernas temblorosas han perdido el vigor y la agilidad habituales. Y oye detrás suyo los pasos del espantapájaros que lo persigue. Los oye más cerca, ¡más cerca todavía!, ya parece que lo tiene junto a él, no puede más... Pide auxilio. A quién pedirlo sino a la madre? Intenta dar un salto, y grita:
- ¡ Mamá, mamá! Siente que ha caído. Porque Mocho acaba de rodar de la cama donde estaba soñando. Se hace la luz. A su lado está la madre, afligida:
- Qué te pasa, querido? Mocho la mira con ojos espantados. Va a decirle que el espantapájaros lo corría, pero calla. Cómo decir tal cosa? Calla y se aprieta contra su pecho, sollozante. La madre lo consuela y acaricia:
- Estabas soñando. Una pesadilla seguramente. Eso te pasa por comer mucho y a cada rato. No es nada. Acostate, querido. Yo te acompañaré. Lo tiende en la cama, lo arropa. Y se instala a su lado. Mocho se siente seguro, cierra los ojos, se duerme. Pero a la mañana siguiente, día de sol radiante y magnífico, pasando por delante del espantapájaros inmóvil, sigue derecho, lo contempla de reojo. No se le ocurre burlarlo ni tirarle piedras.




Clamores.


Las sábanas no la dejaban comenzar el día, cambiar el paraíso del interior de la cama por los fríos azulejos del inhóspito cuarto de baño era impensable. Se dio otra vuelta, enrollándose en las blancas telas que la tenían capturada con sus cálidos cánticos.

¿Y si simplemente no te levantas? – escuchaba con claridad en su oído, sin saber si se trataba de su imaginación o de una sirena enviada por Morfeo. Y de pronto no parecía necesario comenzar un nuevo día. Su mullida cama podía ofrecerle todo lo necesario para ser feliz: calor, suavidad, cariño y comprensión.
Entonces, en un acto de locura del corazón decidió quedarse ahí, por siempre. Algo en su corazón le decía que era lo correcto.
Giró nuevamente para dejarse atrapar por las finas telas blancas, que la apretaron hasta que salir parecía imposible, y con un suspiro se dejó vencer. Quién sabe si algún día hubiera sido capaz de librarse de tan maravillosa prisión si no hubiera escuchado en ese momento el angustioso llamado de una pequeña voz, que clamaba por su misericordia. Un escalofrío recorrió su espalda y se quedó ahí, apagando sin piedad ese gozo que inundaba su corazón. Y arrastrando sus ojeras se dirigió a la cocina mientras a lo lejos seguía escuchando la desesperada voz clamando:
Mamáaaaa… Lechecitaaaa…

Alfredo Rodríguez. 

CAUSA Y SINRAZON DE LOS CELOS

Hay buenos muchachitos, con metejones de primera agua, que le amargan la vida a sus respectivas novias promoviendo tempestades de celos, que son realmente tormentas en vasos de agua, con lluvias de lágrimas y truenos de recriminaciones.
Generalmente las mujeres son menos celosas que los hombres. Y si son inteligentes, aun cuando sean celosas, se cuidan muy bien de descubrir tal sentimiento, porque saben que la exposición de semejante debilidad las entrega atadas de pies y manos al fulano que les sorbió el seso. De cualquier manera; el sentimiento de los celos es digno de estudio, no por los disgustos que provoca, sino por lo que revela en cuanto a psicología individual.
Puede establecerse esta regla:
Cuanto menos mujeres ha tratado un individuo, más celoso es.
La novedad del sentimiento amoroso conturba, casi asusta, y trastorna la vida de un individuo poco acostumbrado a tales descargas y cargas de emoción. La mujer llega a constituir para este sujeto un fenómeno divino, exclusivo. Se imagina que la suma de felicidad que ella suscita en él, puede proporcionársela a otro hombre; y entonces Fulano se toma la cabeza, espantado al pensar que toda "su" felicidad, está depositada en esa mujer, igual que en un banco. Ahora bien, en tiempos de crisis, ustedes saben perfectamente que los señores y señoras que tienen depósitos en instituciones bancarias, se precipitan a retirar sus depósitos, poseídos de la locura del pánico. Algo igual ocurre en el celoso. Con la diferencia que él piensa que si su "banco" quiebra, no podrá depositar su felicidad ya en ninguna parte. Siempre ocurre esta catástrofe mental con los pequeños financieros sin cancha y los pequeños enamorados sin experiencia.
Frecuentemente, también, el hombre es celoso de la mujer cuyo mecanismo psicológico no conoce. Ahora bien: para conocer el mecanismo psicológico de la mujer, hay que tratar a muchas, y no elegir precisamente a las ingenuas para enamorarse, sino a las "vivas", las astutas y las desvergonzadas, porque ellas son fuente de enseñanzas maravillosas para un hombre sin experiencia, y le enseñan (involuntariamente, por supuesto) los mil resortes y engranajes de que "puede" componerse el alma femenina. (Conste que digo "de que puede componerse", no de que se compone.)
Los pequeños enamorados, como los pequeños financistas, tienen en su capital de amor una sensibilidad tan prodigiosa, que hay mujeres que se desesperan de encontrarse frente a un hombre a quien quieren, pero que les atormenta la vida con sus estupideces infundadas.
Los celos constituyen un sentimiento inferior, bajuno. El hombre, cela casi siempre a la mujer que no conoce, que no ha estudiado, y que casi siempre es superior intelectualmente a él. En síntesis, el celo es la envidia al revés.
Lo más grave en la demostración de los celos es que el individuo, involuntariamente, se pone a merced de la mujer. La mujer en ese caso, puede hacer de él lo que se le antoja. Lo maneja a su voluntad. El celo (miedo de que ella lo abandone o prefiera a otro) pone de manifiesto la débil naturaleza del celoso, su pasión extrema, y su falta de discernimiento. Y un hombre inteligente, jamás le demuestra celos a una mujer, ni cuando es celoso. Se guarda prudentemente sus sentimientos; y ese acto de voluntad repetido continuamente en las relaciones con el ser que ama, termina por colocarle en un plano superior al de ella, hasta que al llegar a determinado punto de control interior, el individuo "llega a saber que puede prescindir de esa mujer el día que ella no proceda con él como es debido".
A su vez la mujer, que es sagaz e intuitiva, termina por darse cuenta de que con una naturaleza tan sólidamente plantada no se puede jugar, y entonces las relaciones entre ambos sexos se desarrollan con una normalidad que raras veces deja algo que desear, o terminan para mejor tranquilidad de ambos.
Claro está que para saber ocultar diestramente los sentimientos subterráneos que nos sacuden, es menester un entrenamiento largo, una educación de práctica de la voluntad. Esta educación "práctica de la voluntad" es frecuentísima entre las mujeres. Todos los días nos encontramos con muchachas que han educado su voluntad y sus intereses de tal manera que envejecen a la espera de marido, en celibato rigurosamente mantenido. Se dicen: "Algún día llegará". Y en algunos casos llega, efectivamente, el individuo que se las llevará contento y bailando para el Registro Civil, que debía denominarse "Registro de la Propiedad Femenina".
Sólo las mujeres muy ignorantes y muy brutas son celosas. El resto, clase media, superior, por excepción alberga semejante sentimiento. Durante el noviazgo muchas mujeres aparentan ser celosas; algunas también lo son, efectivamente. Pero en aquellas que aparentan celos, descubrimos que el celo es un sentimiento cuya finalidad es demostrar amor intenso inexistente, hacia un_ bobalicón que sólo cree en el amor cuando el amor va acompañado de celos. Ciertamente, hay individuos que no creen en el afecto, si el cariño no va acompañado de comedietas vulgares, como son, en realidad, las que constituyen los celos, pues jamás resuelven nada serio.
Las señoras casadas, al cabo de media docena de años de matrimonio (algunas antes), pierden por completo los celos. Algunas, cuando barruntan que los esposos tienen aventurillas de géneros dudosos, dicen, en círculos de amigas:
-Los hombres son como los chicos grandes. Hay que dejar que se distraigan. También una no los va a tener todo el día pegados a las faldas...
Y los "chicos grandes" se divierten. Más aún, se olvidan de que un día fueron celosos...
Pero este es tema para otra oportunidad.
Roberto Arlt extraído de aguafuertes porteñas.

la rgumentación

Las argumentaciones pueden ser lógicamente correctas o incorrectas. Su finalidad es defender frente a nuestro interlocutor la validez, la corrección o la conveniencia de nuestra posición con respecto a tal o cual problema. Cuando la persuasión misma es tomada como fin, sin importar la verdad o la corrección, se habla de argumentación retórica en un sentido peyorativo. La retórica a menudo se vale de falacias informales, que son argumentaciones lógicamente incorrectas pero convincentes porque apelan a instancias que impactan de modo frecuentemente eficaz en el destinatario. La apariencia racional, la autoridad, la opinión de la mayoría o la descalificación de la persona del interlocutor son algunos ejemplos de esas instancias.
El discurso retórico también utiliza recursos literarios, como la metáfora, los juegos con la musicalidad o la rareza de algunas palabras, las adjetivaciones inusuales, las expresiones con doble sentido y los juegos con el significado de las palabras a través de las variaciones en el tono. Además, hay que considerar la situación desde la cual se argumenta y la presencia en ella de una variedad de receptores que podrán interpretarla de modos diversos. Ninguna argumentación se presenta en un diálogo abstracto, separado de toda situación, salvo si se la piensa como un artificio teórico o como el objeto de un análisis puramente lógico.

La argumentación siempre supone un proceso de comunicación cuyas características varían según las cualidades de las personas y según la situación que la configura. De este modo, el carácter del destinatario puede incidir sobre la elección de los argumentos o sobre el modo de argumentar del emisor. El uso de la retórica en la argumentación no es censurable en sí mismo, ya que la verdad o la corrección de una afirmación o un juicio necesariamente deben contar con una fuerza de persuasión que no poseen por sí mismos. Lo verdadero, lo justo o cualquier posición razonable requiere algunas veces, debido a personas y situaciones peculiares, del uso de argumentos lógicamente débiles pero retóricamente útiles para conferir un cauce propicio al conflicto expresado en el plano verbal.

Códigos de la cumbia villera

 Por Mariano Narodowski Diario Clarín, Miércoles 28-01-2004

La nueva forma de cultura popular expresa los cambios producidos en la vida cotidiana de los más empobrecidos y muestra como natural situaciones que son efecto de condiciones políticas y económicas.

Con el incremento de la exclusión social que tuvo lugar en la Argentina en los últimos años, apareció una forma de cultura popular que dice expresar esos cambios en la vida cotidiana de los sectores más empobrecidos: la cumbia villera.
La cumbia villera se posiciona como un producto eficaz para la construcción de una estética vinculada a los pobres, sus vidas, su trabajo, su sexo, su cuerpo, sus adicciones. Se trata de mostrar los efectos que se producen en un país con el 60% de habitantes bajo la línea de pobreza, la mitad de ellos indigentes, y uno de cada cinco miembros de su población económicamente activa sin trabajo, muchos viviendo en villas miserias y asentamientos que han crecido en número año a año.

La cumbia villera inunda la televisión y las discos, pero con muy pocas excepciones produce recitales. Expresión típicamente mediatizada, procesa la marginalidad y la hace redituable en términos del mercado de la TV y del negocio de la noche: es la existencia mercantilizada de la infancia y la adolescencia excluidas.

La cumbia villera introdujo a la villa en la música popular. Es raro encontrar letras de canciones de música popular que la refieran en el tango o en el folclore, y muy poco en el rock nacional. 

El pobre de la cultura popular argentina era el obrero urbano, el campesino, el estibador portuario, el trabajador tradicional, “en blanco” y sindicalizado. Su hábitat era “la casita humilde”, “el rioba”, el “rancho o el ranchito” o a lo sumo el conventillo o la pieza de pensión. Su actitud era humilde y expectante. Su destino podía llegar a ser revolucionario, pero sus hábitos eran moralmente correctos (en contraposición a los de los ricos, que “embriagaban a Lulú con su champagne para negarle el aumento a un pobre obrero”). Era una pobreza digna, emprendedora, trabajadora, sana. Los niños eran el futuro y las mujeres, “las compañeras”. La única mancha que podía hacerse ver era la ingesta exagerada de alcohol, que se justificaba por las penurias que los pobres debían soportar. El pobre era naturalmente solidario y luchador.

Para la cumbia villera, la pobreza no es algo de lo que haya que lamentarse, pero su exaltación ya no es revolucionaria sino profundamente conservadora: los villeros no van a generar ningún cambio social.

El villero es relatado como delincuente, marginal, fuera de la ley. En la villa no se trabaja, se chorea”. La Policía está vista como un antagonista central pero no en los términos antiautoritarios que denunciaba la música de los setenta sino en términos delictuales: mientras que el pobre de antaño se percibía como infractor natural de los códigos de una sociedad injusta, el villero de la cumbia villera es un contraventor natural del Código Penal. La cumbia villera nos muestra como natural algo que para la tradición moderna era anatema: el niño ladrón, el pibe chorro. 
La reprochable pero justificada tentación alcohólica fue reemplazada por un constante panegírico del vino o la “birra”, pero especialmente del pegamento, la marihuana y la cocaína. Una exaltación del apego a estas sustancias aparece con algún matiz en alguna canción sobre los males que la cocaína puede acarrear o sobre la imposibilidad (o incluso la inutilidad) de “rescatarse”. “Aguantar” y “tomar falopa” son las voces de mando de la cumbia villera. Pero la ingesta no tiene un fin experimental o de compensación frente a problemas sociales sino que hace a la constitución de la propia identidad villera.
También en esto la cumbia villera produce una ruptura en la música popular argentina, en la que las drogas tenían una presencia lateral y a las que se invocaba con eufemismos en algunas letras de rock nacional. Por el contrario, la cumbia villera exalta en forma directa el consumo de drogas prohibidas (es tema en la mayoría de las canciones), llamándolas por su nombre (o con sustitutos obvios como “coca”, “yerba” o “aspirina”) y denunciando como “careta” o “pancho” al que no se droga.

Música para la antipolítica

La cumbia villera no es apolítica: es antipolítica. El poder no son las instituciones republicanas, la opresión capitalista o el imperialismo: el poder es el dinero, las drogas o el sexo. No hay proyecto político que defender más que la propia subsistencia. No hay revolución, sólo “aguante”, entendido como complicidad frente a la Policía, a las adicciones, a la ilegalidad en general. 
La cumbia villera no propone ni el bien común ni el bien del sector al que pertenece, sino la salvación individual, usualmente por la vía del delito contra la propiedad (en general contra la pequeña propiedad, el pobres contra pobres) y la autodestrucción. Es como el hecho estético (maldito) del país exclusor para así reinar en el mercado mediático.
En la cumbia villera, las mujeres nunca son “compañeras”. O son “las pibas”, y en ese caso son cómplices asexuadas, o son objetos sexuales evidentes. Son explícitamente “putas”, pero no en sentido tradicional de una prostituta sino en el de mujeres fáciles, a las que se les asigna una actividad sexual despreocupada y al servicio de la coacción masculina. Casi no hay canciones de amor (excepto de amor a la cocaína) y las mujeres no son idolatradas como en el bolero, el cuarteto cordobés o la cumbia tradicional. 


La visión tradicional de clase media que convertía a cualquier villero en un marginal de la ley y a cualquier villera en prostituta, se ha convertido en la expresión estética de los que dicen pertenecer a la villa y cantar lo que en ella acontece. La cumbia villera nos acostumbra a que no hay otro destino posible para la exclusión social y nos muestra como natural lo que es el efecto de condiciones políticas y económicas. Su aceptación pasiva y acrítica es otro síntoma de la necesidad de que nuestra sociedad no debe dar por obvias las condiciones sociales por la que atraviesan miles de argentinos y hacer que rechacemos la visión que postula que la marginalidad vino para quedarse.

Un pueblo sin baile


B. es un pueblo de provincia donde se prohibieron los bailes porque siempre terminaban con peleas, borracheras y desorden general. La prohibición, decidida por la Junta de vecinos y aprobada por el intendente, encontró en el Dr. A., el médico del pueblo, un acérrimo defensor. Su voz áspera, desde la mesa del café de la Plaza, donde solía reunirse con sus amigos, y su escritura exagerada, desde las columnas de opinión de La voz de B., el diario del pueblo, condenaban reiteradamente el baile. "El baile -decía- es una forma de involución. Retrotrae a la especie a la lujuria, la embriaguez y la violencia propias de sus estados más primitivos.
Es el origen de todo tipo de vicios y enfermedades. El baile incita a la sensualidad, excita los bajos instintos y provoca una irreversible degeneración. Conduce a la pérdida del control de sí mismo, destruye el delicado equilibrio de la personalidad y abre sus puertas a todo tipo de desórdenes biopsicofisiológicos. El baile lleva en sí el peligro de la decadencia que nos hace descender al nivel de las razas inferiores y sus salvajes costumbres.
El baile, por lo tanto, es el comienzo del abandono de la vida normal y sana, que es la que conduce a la vida recta y decente." Los parroquianos del café de la Plaza y los lectores de La voz de B. seguían con suma atención y creciente asentimiento tales afirmaciones. La gente del pueblo era muy respetuosa de los títulos profesionales y del vocabulario científico.
Cuando G., un médico joven, llegó a B., notó, al poco tiempo, la ausencia de bailes. Se enteró de la prohibición, indagó sus razones y la juzgó desmesurada. Estimó impertinente, asimismo, que el médico comprometiera, con su intervención, al verdadero pensamiento científico. El apoyo de un médico a la prohibición de los bailes con argumentos tan pomposos como desdichados y, sin embargo, aparente mente efectivos, irritó tanto su sentido de la responsabilidad profesional como su inteligencia. Decidió, entonces, objetar la prohibición y enfrentar al Dr. A.
De este modo, podría discutir sus argumentos pseudo-científicos y luchar en defensa de la verdadera ciencia, que no es contraria a la razón y al buen sentido. Su novedosa presencia en el café de la Plaza poco a poco se volvió habitual. Sus notas en La Voz de B., cada vez más numerosas y polémicas. Estratégicamente enfrentó al Dr. A. con sus armas. Citó -profusamente- a Darwin, Claude Bernard, Spencer (autores que para una posición positivista constituían autoridades notorias), a Octavio Bunge y a José Ingenieros (autores clásicos pertenecientes al positivismo argentino).
La naturaleza y la cantidad de tales citas se dirigía al médico del pueblo, como una muestra de su artillería bibliográfica, para señalar las incoherencias en las que aquel incurría al apoyarse en conocimientos notoriamente pobres sobre las teorías científicas a las que recurría. El joven médico también juzgó a su estrategia pertinente para mostrar a la Junta su erudición. Claro que G., habiéndose dado cuenta de que el médico no era un erudito y de que la Junta lo era mucho menos, había inventado gran parte de sus citas.
De ese modo, con sus propias armas, los había reducido al silencio, a no poder contrarrestar su desbordante batería verbal. Y, por su parte, la gente del pueblo había asistido a ese debate del que no comprendía nada pero del que percibía ese rendido silencio final del médico y de la Junta. Eso era lo que buscaba G. para lanzar su ataque final. Recordó entonces a la gente del pueblo, lo saludable del movimiento y de la alegría junto con la distensión necesaria que brindan la felicidad de los bailes y las canciones en las que se desahogan las penas de la vida cotidiana.
La Junta insistió en su argumento principal: los bailes siempre terminaban en borracheras, peleas y desorden. G. preguntó si acaso desde que se prohibieran los bailes, los desórdenes habían concluido. "¿Nadie se ha emborrachado ni se ha peleado desde que no se baila?", preguntó. Y M., uno de los miembros de la Junta, dijo a la gente que no se dejaran enredar con palabras. A lo que G. contestó que lo que acababa de decir M. eran palabras, así como las afirmaciones del Dr. A. también eran palabras y, para colmo, desvirtuadas por la deteriorada memoria o el escaso conocimiento de un médico que tenía edad y experiencia suficientes como para entender que serviría mejor a la profesión y al pensamiento científico si no intervenía en cuestiones que no eran de su directa incumbencia.
Luego preguntó, dirigiéndose a la gente, si preferían dejarse enredar por las palabras raquíticas que vociferaban órdenes y diagnósticos en nombre de teorías dudosas y confusas o por aquellas palabras que mostraban claros conocimientos y que daban razones comprensibles empleando sólo el propio entendimiento.


Una vez que haya concluido la lectura, le sugerimos que proponga a los estudiantes una reflexión y puesta en común trabajando alrededor de los siguientes interrogantes. ¿Qué tipo de argumento utiliza la Junta para fundamentar su prohibición del baile?, ¿qué tipo de argumentos agrega el Dr. A. para reforzar esa fundamentación?, ¿qué falacias y recursos literarios son utilizados?, ¿por qué tales argumentos persuaden a la población de B. respecto de la legitimidad de la prohibición?, ¿qué tipo de estrategia argumentativa utiliza G.?, ¿en qué se parece y en qué se diferencia de la de A.?, ¿considera sólo a su interlocutor?, ¿qué visiones de la ciencia entran en juego?, ¿qué opinión fundada pueden formular respecto de la intervención de la mentira en esa estrategia?, ¿cuál les parece el argumento más contundente de G.?, ¿qué puesto ocupa dentro de su estrategia?, ¿qué argumentos no utiliza G que sí podría haber utilizado, considerando lo anterior?, ¿cuál sería la actitud de ustedes si llegaran a B. y se enteraran de la prohibición y de sus fundamentos?, ¿cómo fundamentarían su propia posición al respecto?
A continuación, usted podrá guiar a sus alumnos sugiriéndoles algunas aproximaciones que los acompañen en la formulación de respuestas pertinentes. Para ello, tenga en cuenta algunos lineamientos básicos que podrán facilitar sus procesos. Aquí le presentamos algunos: la razón básica que sostiene la posición tomada por la Junta es que el baile produce desórdenes. El Dr. A. utiliza argumentos que apelan a su autoridad, a la autoridad de la ciencia, a la valoración general de la salud y la decencia, etc. G. también utiliza falacias y recursos literarios cuando ataca a la persona de A. (en lugar de hacerlo con sus argumentos) y cuando apela a la autoridad de la ciencia, pero también cuando enuncia las costumbres festivas del pueblo, al sentido común y, hacia el final, al uso del entendimiento. Su argumento principal es lógicamente correcto: si persisten los desórdenes a pesar de no realizarse ningún baile, se sigue que los desórdenes no son producto necesario y exclusivo de los bailes. Un eje notorio para que usted trabaje con los jóvenes es el que despliega los argumentos a favor de la prohibición del baile y los argumentos para que no sean prohibidos.