martes, 3 de septiembre de 2013

Códigos de la cumbia villera

 Por Mariano Narodowski Diario Clarín, Miércoles 28-01-2004

La nueva forma de cultura popular expresa los cambios producidos en la vida cotidiana de los más empobrecidos y muestra como natural situaciones que son efecto de condiciones políticas y económicas.

Con el incremento de la exclusión social que tuvo lugar en la Argentina en los últimos años, apareció una forma de cultura popular que dice expresar esos cambios en la vida cotidiana de los sectores más empobrecidos: la cumbia villera.
La cumbia villera se posiciona como un producto eficaz para la construcción de una estética vinculada a los pobres, sus vidas, su trabajo, su sexo, su cuerpo, sus adicciones. Se trata de mostrar los efectos que se producen en un país con el 60% de habitantes bajo la línea de pobreza, la mitad de ellos indigentes, y uno de cada cinco miembros de su población económicamente activa sin trabajo, muchos viviendo en villas miserias y asentamientos que han crecido en número año a año.

La cumbia villera inunda la televisión y las discos, pero con muy pocas excepciones produce recitales. Expresión típicamente mediatizada, procesa la marginalidad y la hace redituable en términos del mercado de la TV y del negocio de la noche: es la existencia mercantilizada de la infancia y la adolescencia excluidas.

La cumbia villera introdujo a la villa en la música popular. Es raro encontrar letras de canciones de música popular que la refieran en el tango o en el folclore, y muy poco en el rock nacional. 

El pobre de la cultura popular argentina era el obrero urbano, el campesino, el estibador portuario, el trabajador tradicional, “en blanco” y sindicalizado. Su hábitat era “la casita humilde”, “el rioba”, el “rancho o el ranchito” o a lo sumo el conventillo o la pieza de pensión. Su actitud era humilde y expectante. Su destino podía llegar a ser revolucionario, pero sus hábitos eran moralmente correctos (en contraposición a los de los ricos, que “embriagaban a Lulú con su champagne para negarle el aumento a un pobre obrero”). Era una pobreza digna, emprendedora, trabajadora, sana. Los niños eran el futuro y las mujeres, “las compañeras”. La única mancha que podía hacerse ver era la ingesta exagerada de alcohol, que se justificaba por las penurias que los pobres debían soportar. El pobre era naturalmente solidario y luchador.

Para la cumbia villera, la pobreza no es algo de lo que haya que lamentarse, pero su exaltación ya no es revolucionaria sino profundamente conservadora: los villeros no van a generar ningún cambio social.

El villero es relatado como delincuente, marginal, fuera de la ley. En la villa no se trabaja, se “chorea”. La Policía está vista como un antagonista central pero no en los términos antiautoritarios que denunciaba la música de los setenta sino en términos delictuales: mientras que el pobre de antaño se percibía como infractor natural de los códigos de una sociedad injusta, el villero de la cumbia villera es un contraventor natural del Código Penal. La cumbia villera nos muestra como natural algo que para la tradición moderna era anatema: el niño ladrón, el pibe chorro. 
La reprochable pero justificada tentación alcohólica fue reemplazada por un constante panegírico del vino o la “birra”, pero especialmente del pegamento, la marihuana y la cocaína. Una exaltación del apego a estas sustancias aparece con algún matiz en alguna canción sobre los males que la cocaína puede acarrear o sobre la imposibilidad (o incluso la inutilidad) de “rescatarse”. “Aguantar” y “tomar falopa” son las voces de mando de la cumbia villera. Pero la ingesta no tiene un fin experimental o de compensación frente a problemas sociales sino que hace a la constitución de la propia identidad villera.
También en esto la cumbia villera produce una ruptura en la música popular argentina, en la que las drogas tenían una presencia lateral y a las que se invocaba con eufemismos en algunas letras de rock nacional. Por el contrario, la cumbia villera exalta en forma directa el consumo de drogas prohibidas (es tema en la mayoría de las canciones), llamándolas por su nombre (o con sustitutos obvios como “coca”, “yerba” o “aspirina”) y denunciando como “careta” o “pancho” al que no se droga.

Música para la antipolítica

La cumbia villera no es apolítica: es antipolítica. El poder no son las instituciones republicanas, la opresión capitalista o el imperialismo: el poder es el dinero, las drogas o el sexo. No hay proyecto político que defender más que la propia subsistencia. No hay revolución, sólo “aguante”, entendido como complicidad frente a la Policía, a las adicciones, a la ilegalidad en general. 
La cumbia villera no propone ni el bien común ni el bien del sector al que pertenece, sino la salvación individual, usualmente por la vía del delito contra la propiedad (en general contra la pequeña propiedad, el pobres contra pobres) y la autodestrucción. Es como el hecho estético (maldito) del país exclusor para así reinar en el mercado mediático.
En la cumbia villera, las mujeres nunca son “compañeras”. O son “las pibas”, y en ese caso son cómplices asexuadas, o son objetos sexuales evidentes. Son explícitamente “putas”, pero no en sentido tradicional de una prostituta sino en el de mujeres fáciles, a las que se les asigna una actividad sexual despreocupada y al servicio de la coacción masculina. Casi no hay canciones de amor (excepto de amor a la cocaína) y las mujeres no son idolatradas como en el bolero, el cuarteto cordobés o la cumbia tradicional. 


La visión tradicional de clase media que convertía a cualquier villero en un marginal de la ley y a cualquier villera en prostituta, se ha convertido en la expresión estética de los que dicen pertenecer a la villa y cantar lo que en ella acontece. La cumbia villera nos acostumbra a que no hay otro destino posible para la exclusión social y nos muestra como natural lo que es el efecto de condiciones políticas y económicas. Su aceptación pasiva y acrítica es otro síntoma de la necesidad de que nuestra sociedad no debe dar por obvias las condiciones sociales por la que atraviesan miles de argentinos y hacer que rechacemos la visión que postula que la marginalidad vino para quedarse.

Un pueblo sin baile


B. es un pueblo de provincia donde se prohibieron los bailes porque siempre terminaban con peleas, borracheras y desorden general. La prohibición, decidida por la Junta de vecinos y aprobada por el intendente, encontró en el Dr. A., el médico del pueblo, un acérrimo defensor. Su voz áspera, desde la mesa del café de la Plaza, donde solía reunirse con sus amigos, y su escritura exagerada, desde las columnas de opinión de La voz de B., el diario del pueblo, condenaban reiteradamente el baile. "El baile -decía- es una forma de involución. Retrotrae a la especie a la lujuria, la embriaguez y la violencia propias de sus estados más primitivos.
Es el origen de todo tipo de vicios y enfermedades. El baile incita a la sensualidad, excita los bajos instintos y provoca una irreversible degeneración. Conduce a la pérdida del control de sí mismo, destruye el delicado equilibrio de la personalidad y abre sus puertas a todo tipo de desórdenes biopsicofisiológicos. El baile lleva en sí el peligro de la decadencia que nos hace descender al nivel de las razas inferiores y sus salvajes costumbres.
El baile, por lo tanto, es el comienzo del abandono de la vida normal y sana, que es la que conduce a la vida recta y decente." Los parroquianos del café de la Plaza y los lectores de La voz de B. seguían con suma atención y creciente asentimiento tales afirmaciones. La gente del pueblo era muy respetuosa de los títulos profesionales y del vocabulario científico.
Cuando G., un médico joven, llegó a B., notó, al poco tiempo, la ausencia de bailes. Se enteró de la prohibición, indagó sus razones y la juzgó desmesurada. Estimó impertinente, asimismo, que el médico comprometiera, con su intervención, al verdadero pensamiento científico. El apoyo de un médico a la prohibición de los bailes con argumentos tan pomposos como desdichados y, sin embargo, aparente mente efectivos, irritó tanto su sentido de la responsabilidad profesional como su inteligencia. Decidió, entonces, objetar la prohibición y enfrentar al Dr. A.
De este modo, podría discutir sus argumentos pseudo-científicos y luchar en defensa de la verdadera ciencia, que no es contraria a la razón y al buen sentido. Su novedosa presencia en el café de la Plaza poco a poco se volvió habitual. Sus notas en La Voz de B., cada vez más numerosas y polémicas. Estratégicamente enfrentó al Dr. A. con sus armas. Citó -profusamente- a Darwin, Claude Bernard, Spencer (autores que para una posición positivista constituían autoridades notorias), a Octavio Bunge y a José Ingenieros (autores clásicos pertenecientes al positivismo argentino).
La naturaleza y la cantidad de tales citas se dirigía al médico del pueblo, como una muestra de su artillería bibliográfica, para señalar las incoherencias en las que aquel incurría al apoyarse en conocimientos notoriamente pobres sobre las teorías científicas a las que recurría. El joven médico también juzgó a su estrategia pertinente para mostrar a la Junta su erudición. Claro que G., habiéndose dado cuenta de que el médico no era un erudito y de que la Junta lo era mucho menos, había inventado gran parte de sus citas.
De ese modo, con sus propias armas, los había reducido al silencio, a no poder contrarrestar su desbordante batería verbal. Y, por su parte, la gente del pueblo había asistido a ese debate del que no comprendía nada pero del que percibía ese rendido silencio final del médico y de la Junta. Eso era lo que buscaba G. para lanzar su ataque final. Recordó entonces a la gente del pueblo, lo saludable del movimiento y de la alegría junto con la distensión necesaria que brindan la felicidad de los bailes y las canciones en las que se desahogan las penas de la vida cotidiana.
La Junta insistió en su argumento principal: los bailes siempre terminaban en borracheras, peleas y desorden. G. preguntó si acaso desde que se prohibieran los bailes, los desórdenes habían concluido. "¿Nadie se ha emborrachado ni se ha peleado desde que no se baila?", preguntó. Y M., uno de los miembros de la Junta, dijo a la gente que no se dejaran enredar con palabras. A lo que G. contestó que lo que acababa de decir M. eran palabras, así como las afirmaciones del Dr. A. también eran palabras y, para colmo, desvirtuadas por la deteriorada memoria o el escaso conocimiento de un médico que tenía edad y experiencia suficientes como para entender que serviría mejor a la profesión y al pensamiento científico si no intervenía en cuestiones que no eran de su directa incumbencia.
Luego preguntó, dirigiéndose a la gente, si preferían dejarse enredar por las palabras raquíticas que vociferaban órdenes y diagnósticos en nombre de teorías dudosas y confusas o por aquellas palabras que mostraban claros conocimientos y que daban razones comprensibles empleando sólo el propio entendimiento.


Una vez que haya concluido la lectura, le sugerimos que proponga a los estudiantes una reflexión y puesta en común trabajando alrededor de los siguientes interrogantes. ¿Qué tipo de argumento utiliza la Junta para fundamentar su prohibición del baile?, ¿qué tipo de argumentos agrega el Dr. A. para reforzar esa fundamentación?, ¿qué falacias y recursos literarios son utilizados?, ¿por qué tales argumentos persuaden a la población de B. respecto de la legitimidad de la prohibición?, ¿qué tipo de estrategia argumentativa utiliza G.?, ¿en qué se parece y en qué se diferencia de la de A.?, ¿considera sólo a su interlocutor?, ¿qué visiones de la ciencia entran en juego?, ¿qué opinión fundada pueden formular respecto de la intervención de la mentira en esa estrategia?, ¿cuál les parece el argumento más contundente de G.?, ¿qué puesto ocupa dentro de su estrategia?, ¿qué argumentos no utiliza G que sí podría haber utilizado, considerando lo anterior?, ¿cuál sería la actitud de ustedes si llegaran a B. y se enteraran de la prohibición y de sus fundamentos?, ¿cómo fundamentarían su propia posición al respecto?
A continuación, usted podrá guiar a sus alumnos sugiriéndoles algunas aproximaciones que los acompañen en la formulación de respuestas pertinentes. Para ello, tenga en cuenta algunos lineamientos básicos que podrán facilitar sus procesos. Aquí le presentamos algunos: la razón básica que sostiene la posición tomada por la Junta es que el baile produce desórdenes. El Dr. A. utiliza argumentos que apelan a su autoridad, a la autoridad de la ciencia, a la valoración general de la salud y la decencia, etc. G. también utiliza falacias y recursos literarios cuando ataca a la persona de A. (en lugar de hacerlo con sus argumentos) y cuando apela a la autoridad de la ciencia, pero también cuando enuncia las costumbres festivas del pueblo, al sentido común y, hacia el final, al uso del entendimiento. Su argumento principal es lógicamente correcto: si persisten los desórdenes a pesar de no realizarse ningún baile, se sigue que los desórdenes no son producto necesario y exclusivo de los bailes. Un eje notorio para que usted trabaje con los jóvenes es el que despliega los argumentos a favor de la prohibición del baile y los argumentos para que no sean prohibidos.


jueves, 15 de agosto de 2013

Axolot - Julio Cortázar

Axolot - Julio Cortázar

Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del Jardín des Plantes y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros movimientos. Ahora soy un axolotl.

El azar me llevó hasta ellos una mañana de primavera en que París abría su cola de pavo real después de la lenta invernada. Bajé por el bulevar de Port Royal, tomé St. Marcel y L’Hôpital, vi los verdes entre tanto gris y me acordé de los leones. Era amigo de los leones y las panteras, pero nunca había entrado en el húmedo y oscuro edificio de los acuarios. Dejé mi bicicleta contra las rejas y fui a ver los tulipanes. Los leones estaban feos y tristes y mi pantera dormía. Opté por los acuarios, soslayé peces vulgares hasta dar inesperadamente con los axolotl. Me quedé una hora mirándolos, y salí incapaz de otra cosa.

En la biblioteca Saint-Geneviève consulté un diccionario y supe que los axolotl son formas larvales, provistas de branquias, de una especie de batracios del género amblistoma. Que eran mexicanos lo sabía ya por ellos mismos, por sus pequeños rostros rosados aztecas y el cartel en lo alto del acuario. Leí que se han encontrado ejemplares en África capaces de vivir en tierra durante los períodos de sequía, y que continúan su vida en el agua al llegar la estación de las lluvias. Encontré su nombre español, ajolote, la mención de que son comestibles y que su aceite se usaba (se diría que no se usa más) como el de hígado de bacalao.

No quise consultar obras especializadas, pero volví al día siguiente al Jardin des Plantes. Empecé a ir todas las mañanas, a veces de mañana y de tarde. El guardián de los acuarios sonreía perplejo al recibir el billete. Me apoyaba en la barra de hierro que bordea los acuarios y me ponía a mirarlos. No hay nada de extraño en esto porque desde un primer momento comprendí que estábamos vinculados, que algo infinitamente perdido y distante seguía sin embargo uniéndonos. Me había bastado detenerme aquella primera mañana ante el cristal donde unas burbujas corrían en el agua. Los axolotl se amontonaban en el mezquino y angosto (sólo yo puedo saber cuán angosto y mezquino) piso de piedra y musgo del acuario. Había nueve ejemplares y la mayoría apoyaba la cabeza contra el cristal, mirando con sus ojos de oro a los que se acercaban. Turbado, casi avergonzado, sentí como una impudicia asomarme a esas figuras silenciosas e inmóviles aglomeradas en el fondo del acuario. Aislé mentalmente una situada a la derecha y algo separada de las otras para estudiarla mejor. Vi un cuerpecito rosado y como translúcido (pensé en las estatuillas chinas de cristal lechoso), semejante a un pequeño lagarto de quince centímetros, terminado en una cola de pez de una delicadeza extraordinaria, la parte más sensible de nuestro cuerpo. Por el lomo le corría una aleta transparente que se fusionaba con la cola, pero lo que me obsesionó fueron las patas, de una finura sutilísima, acabadas en menudos dedos, en uñas minuciosamente humanas. Y entonces descubrí sus ojos, su cara, dos orificios como cabezas de alfiler, enteramente de un oro transparente carentes de toda vida pero mirando, dejándose penetrar por mi mirada que parecía pasar a través del punto áureo y perderse en un diáfano misterio interior. Un delgadísimo halo negro rodeaba el ojo y los inscribía en la carne rosa, en la piedra rosa de la cabeza vagamente triangular pero con lados curvos e irregulares, que le daban una total semejanza con una estatuilla corroída por el tiempo. La boca estaba disimulada por el plano triangular de la cara, sólo de perfil se adivinaba su tamaño considerable; de frente una fina hendedura rasgaba apenas la piedra sin vida. A ambos lados de la cabeza, donde hubieran debido estar las orejas, le crecían tres ramitas rojas como de coral, una excrescencia vegetal, las branquias supongo. Y era lo único vivo en él, cada diez o quince segundos las ramitas se enderezaban rígidamente y volvían a bajarse. A veces una pata se movía apenas, yo veía los diminutos dedos posándose con suavidad en el musgo. Es que no nos gusta movernos mucho, y el acuario es tan mezquino; apenas avanzamos un poco nos damos con la cola o la cabeza de otro de nosotros; surgen dificultades, peleas, fatiga. El tiempo se siente menos si nos estamos quietos.

Fue su quietud la que me hizo inclinarme fascinado la primera vez que vi a los axolotl. Oscuramente me pareció comprender su voluntad secreta, abolir el espacio y el tiempo con una inmovilidad indiferente. Después supe mejor, la contracción de las branquias, el tanteo de las finas patas en las piedras, la repentina natación (algunos de ellos nadan con la simple ondulación del cuerpo) me probó que eran capaz de evadirse de ese sopor mineral en el que pasaban horas enteras. Sus ojos sobre todo me obsesionaban. Al lado de ellos en los restantes acuarios, diversos peces me mostraban la simple estupidez de sus hermosos ojos semejantes a los nuestros. Los ojos de los axolotl me decían de la presencia de una vida diferente, de otra manera de mirar. Pegando mi cara al vidrio (a veces el guardián tosía inquieto) buscaba ver mejor los diminutos puntos áureos, esa entrada al mundo infinitamente lento y remoto de las criaturas rosadas. Era inútil golpear con el dedo en el cristal, delante de sus caras no se advertía la menor reacción. Los ojos de oro seguían ardiendo con su dulce, terrible luz; seguían mirándome desde una profundidad insondable que me daba vértigo.

Y sin embargo estaban cerca. Lo supe antes de esto, antes de ser un axolotl. Lo supe el día en que me acerqué a ellos por primera vez. Los rasgos antropomórficos de un mono revelan, al revés de lo que cree la mayoría, la distancia que va de ellos a nosotros. La absoluta falta de semejanza de los axolotl con el ser humano me probó que mi reconocimiento era válido, que no me apoyaba en analogías fáciles. Sólo las manecitas... Pero una lagartija tiene también manos así, y en nada se nos parece. Yo creo que era la cabeza de los axolotl, esa forma triangular rosada con los ojitos de oro. Eso miraba y sabía. Eso reclamaba. No eran animales.

Parecía fácil, casi obvio, caer en la mitología. Empecé viendo en los axolotl una metamorfosis que no conseguía anular una misteriosa humanidad. Los imaginé conscientes, esclavos de su cuerpo, infinitamente condenados a un silencio abisal, a una reflexión desesperada. Su mirada ciega, el diminuto disco de oro inexpresivo y sin embargo terriblemente lúcido, me penetraba como un mensaje: «Sálvanos, sálvanos». Me sorprendía musitando palabras de consuelo, transmitiendo pueriles esperanzas. Ellos seguían mirándome inmóviles; de pronto las ramillas rosadas de las branquias se enderezaban. En ese instante yo sentía como un dolor sordo; tal vez me veían, captaban mi esfuerzo por penetrar en lo impenetrable de sus vidas. No eran seres humanos, pero en ningún animal había encontrado una relación tan profunda conmigo. Los axolotl eran como testigos de algo, y a veces como horribles jueces. Me sentía innoble frente a ellos, había una pureza tan espantosa en esos ojos transparentes. Eran larvas, pero larva quiere decir máscara y también fantasma. Detrás de esas caras aztecas inexpresivas y sin embargo de una crueldad implacable, ¿qué imagen esperaba su hora?

Les temía. Creo que de no haber sentido la proximidad de otros visitantes y del guardián, no me hubiese atrevido a quedarme solo con ellos. «Usted se los come con los ojos», me decía riendo el guardián, que debía suponerme un poco desequilibrado. No se daba cuenta de que eran ellos los que me devoraban lentamente por los ojos en un canibalismo de oro. Lejos del acuario no hacía mas que pensar en ellos, era como si me influyeran a distancia. Llegué a ir todos los días, y de noche los imaginaba inmóviles en la oscuridad, adelantando lentamente una mano que de pronto encontraba la de otro. Acaso sus ojos veían en plena noche, y el día continuaba para ellos indefinidamente. Los ojos de los axolotl no tienen párpados.

Ahora sé que no hubo nada de extraño, que eso tenía que ocurrir. Cada mañana al inclinarme sobre el acuario el reconocimiento era mayor. Sufrían, cada fibra de mi cuerpo alcanzaba ese sufrimiento amordazado, esa tortura rígida en el fondo del agua. Espiaban algo, un remoto señorío aniquilado, un tiempo de libertad en que el mundo había sido de los axolotl. No era posible que una expresión tan terrible que alcanzaba a vencer la inexpresividad forzada de sus rostros de piedra, no portara un mensaje de dolor, la prueba de esa condena eterna, de ese infierno líquido que padecían. Inútilmente quería probarme que mi propia sensibilidad proyectaba en los axolotl una conciencia inexistente. Ellos y yo sabíamos. Por eso no hubo nada de extraño en lo que ocurrió. Mi cara estaba pegada al vidrio del acuario, mis ojos trataban una vez mas de penetrar el misterio de esos ojos de oro sin iris y sin pupila. Veía de muy cerca la cara de una axolotl inmóvil junto al vidrio. Sin transición, sin sorpresa, vi mi cara contra el vidrio, en vez del axolotl vi mi cara contra el vidrio, la vi fuera del acuario, la vi del otro lado del vidrio. Entonces mi cara se apartó y yo comprendí.

Sólo una cosa era extraña: seguir pensando como antes, saber. Darme cuenta de eso fue en el primer momento como el horror del enterrado vivo que despierta a su destino. Afuera mi cara volvía a acercarse al vidrio, veía mi boca de labios apretados por el esfuerzo de comprender a los axolotl. Yo era un axolotl y sabía ahora instantáneamente que ninguna comprensión era posible. Él estaba fuera del acuario, su pensamiento era un pensamiento fuera del acuario. Conociéndolo, siendo él mismo, yo era un axolotl y estaba en mi mundo. El horror venía -lo supe en el mismo momento- de creerme prisionero en un cuerpo de axolotl, transmigrado a él con mi pensamiento de hombre, enterrado vivo en un axolotl, condenado a moverme lúcidamente entre criaturas insensibles. Pero aquello cesó cuando una pata vino a rozarme la cara, cuando moviéndome apenas a un lado vi a un axolotl junto a mí que me miraba, y supe que también él sabía, sin comunicación posible pero tan claramente. O yo estaba también en él, o todos nosotros pensábamos como un hombre, incapaces de expresión, limitados al resplandor dorado de nuestros ojos que miraban la cara del hombre pegada al acuario.


Él volvió muchas veces, pero viene menos ahora. Pasa semanas sin asomarse. Ayer lo vi, me miró largo rato y se fue bruscamente. Me pareció que no se interesaba tanto por nosotros, que obedecía a una costumbre. Como lo único que hago es pensar, pude pensar mucho en él. Se me ocurre que al principio continuamos comunicados, que él se sentía más que nunca unido al misterio que lo obsesionaba. Pero los puentes están cortados entre él y yo porque lo que era su obsesión es ahora un axolotl, ajeno a su vida de hombre. Creo que al principio yo era capaz de volver en cierto modo a él -ah, sólo en cierto modo-, y mantener alerta su deseo de conocernos mejor. Ahora soy definitivamente un axolotl, y si pienso como un hombre es sólo porque todo axolotl piensa como un hombre dentro de su imagen de piedra rosa. Me parece que de todo esto alcancé a comunicarle algo en los primeros días, cuando yo era todavía él. Y en esta soledad final, a la que él ya no vuelve, me consuela pensar que acaso va a escribir sobre nosotros, creyendo imaginar un cuento va a escribir todo esto sobre los axolotl.

Algo muy grave va a suceder en este pueblo - Gabriel García Marquez.



Imagínese usted un pueblo muy pequeño donde hay una señora vieja que tiene dos hijos, uno de 17 y una hija de 14. Está sirviéndoles el desayuno y tiene una expresión de preocupación. Los hijos le preguntan qué le pasa y ella les responde:
-No sé, pero he amanecido con el presentimiento de que algo muy grave va a sucederle a este pueblo.
Ellos se ríen de la madre. Dicen que esos son presentimientos de vieja, cosas que pasan. El hijo se va a jugar al billar, y en el momento en que va a tirar una carambola sencillísima, el otro jugador le dice:
-Te apuesto un peso a que no la haces.
Todos se ríen. Él se ríe. Tira la carambola y no la hace. Paga su peso y todos le preguntan qué pasó, si era una carambola sencilla. Contesta:
-Es cierto, pero me ha quedado la preocupación de una cosa que me dijo mi madre esta mañana sobre algo grave que va a suceder a este pueblo.
Todos se ríen de él, y el que se ha ganado su peso regresa a su casa, donde está con su mamá o una nieta o en fin, cualquier pariente. Feliz con su peso, dice:
-Le gané este peso a Dámaso en la forma más sencilla porque es un tonto.
-¿Y por qué es un tonto?
-Hombre, porque no pudo hacer una carambola sencillísima estorbado con la idea de que su mamá amaneció hoy con la idea de que algo muy grave va a suceder en este pueblo.
Entonces le dice su madre:
-No te burles de los presentimientos de los viejos porque a veces salen.
La pariente lo oye y va a comprar carne. Ella le dice al carnicero:
-Véndame una libra de carne -y en el momento que se la están cortando, agrega-: Mejor véndame dos, porque andan diciendo que algo grave va a pasar y lo mejor es estar preparado.
El carnicero despacha su carne y cuando llega otra señora a comprar una libra de carne, le dice:
-Lleve dos porque hasta aquí llega la gente diciendo que algo muy grave va a pasar, y se están preparando y comprando cosas.
Entonces la vieja responde:
-Tengo varios hijos, mire, mejor deme cuatro libras.
Se lleva las cuatro libras; y para no hacer largo el cuento, diré que el carnicero en media hora agota la carne, mata otra vaca, se vende toda y se va esparciendo el rumor. Llega el momento en que todo el mundo, en el pueblo, está esperando que pase algo. Se paralizan las actividades y de pronto, a las dos de la tarde, hace calor como siempre. Alguien dice:
-¿Se ha dado cuenta del calor que está haciendo?
-¡Pero si en este pueblo siempre ha hecho calor!
(Tanto calor que es pueblo donde los músicos tenían instrumentos remendados con brea y tocaban siempre a la sombra porque si tocaban al sol se les caían a pedazos.)
-Sin embargo -dice uno-, a esta hora nunca ha hecho tanto calor.
-Pero a las dos de la tarde es cuando hay más calor.
-Sí, pero no tanto calor como ahora.
Al pueblo desierto, a la plaza desierta, baja de pronto un pajarito y se corre la voz:
-Hay un pajarito en la plaza.
Y viene todo el mundo, espantado, a ver el pajarito.
-Pero señores, siempre ha habido pajaritos que bajan.
-Sí, pero nunca a esta hora.
Llega un momento de tal tensión para los habitantes del pueblo, que todos están desesperados por irse y no tienen el valor de hacerlo.
-Yo sí soy muy macho -grita uno-. Yo me voy.
Agarra sus muebles, sus hijos, sus animales, los mete en una carreta y atraviesa la calle central donde está el pobre pueblo viéndolo. Hasta el momento en que dicen:
-Si éste se atreve, pues nosotros también nos vamos.
Y empiezan a desmantelar literalmente el pueblo. Se llevan las cosas, los animales, todo.
Y uno de los últimos que abandona el pueblo, dice:
-Que no venga la desgracia a caer sobre lo que queda de nuestra casa -y entonces la incendia y otros incendian también sus casas.
Huyen en un tremendo y verdadero pánico, como en un éxodo de guerra, y en medio de ellos va la señora que tuvo el presagio, clamando:

-Yo dije que algo muy grave iba a pasar, y me dijeron que estaba loca.