Hacia una formulación teórica del realismo mágico, de Lucila Ines mena: http://www.persee.fr/web/revues/home/prescript/article/hispa_0007-4640_1975_num_77_3_4185
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martes, 6 de agosto de 2013
El almohadón de plumas
Hay dos historias en el cuento: la historia de la desilusión de Alicia y la historia de su enfermedad y muerte. Amabas podrían funcionar de manera autónoma. La yuxtaposición de éstas, directa y sin conexiones explícitas por parte del narrador, lleva a la lectura interpretativa.
http://www.youtube.com/watch?v=lGIkUWv1THc#at=117
http://www.youtube.com/watch?v=lGIkUWv1THc#at=117
Dirección: Hugo Covarrubias, asistente de dirección y producción: Muriel Miranda, Chile, 2007. FIX Producciones
cuestionario:
1. ¿Qué, si algo, representa el insecto? ¿Una persona? ¿Una situación? ¿Por qué?
2. ¿Cómo se relacionan las dos historias en este cuento: la de la relación entre Alicia y Jordán y la de la enfermedad que afecta a Alicia?
3. ¿Cómo afecta la vida de Quiroga a este cuento? ¿Hay paralelos entre su historia familiar y la trama?
4. ¿Qué elementos del movimiento modernismo ven en el cuento?
5. ¿Qué elementos hay del realismo mágico?
EL HOMBRE MUERTO
| El hombre y su machete acababan de limpiar la quinta calle del bananal. Faltábanles aún dos calles; pero como en éstas abundaban las chircas y malvas silvestres, la tarea que tenían por delante era muy poca cosa. El hombre echó, en consecuencia, una mirada satisfecha a los arbustos rozados y cruzó el alambrado para tenderse un rato en la gramilla. Mas al bajar el alambre de púa y pasar el cuerpo, su pie izquierdo resbaló sobre un trozo de corteza desprendida del poste, a tiempo que el machete se le escapaba de la mano. Mientras caía, el hombre tuvo la impresión sumamente lejana de no ver el machete de plano en el suelo.Ya estaba tendido en la gramilla, acostado sobre el lado derecho, tal como él quería. La boca, que acababa de abrírsele en toda su extensión, acababa también de cerrarse. Estaba como hubiera deseado estar, las rodillas dobladas y la mano izquierda sobre el pecho. Sólo que tras el antebrazo, e inmediatamente por debajo del cinto, surgían de su camisa el puño y la mitad de la hoja del machete, pero el resto no se veía. El hombre intentó mover la cabeza en vano. Echó una mirada de reojo a la empuñadura del machete, húmeda aún del sudor de su mano. Apreció mentalmente la extensión y la trayectoria del machete dentro de su vientre, y adquirió fría, matemática e inexorable, la seguridad de que acababa de llegar al término de su existencia. La muerte. En el transcurso de la vida se piensa muchas veces en que un día, tras años, meses, semanas y días preparatorios, llegaremos a nuestro turno al umbral de la muerte. Es la ley fatal, aceptada y prevista; tanto, que solemos dejarnos llevar placenteramente por la imaginación a ese momento, supremo entre todos, en que lanzamos el último suspiro. Pero entre el instante actual y esa postrera expiración, ¡qué de sueños, trastornos, esperanzas y dramas presumimos en nuestra vida! ¡Qué nos reserva aún esta existencia llena de vigor, antes de su eliminación del escenario humano! Es éste el consuelo, el placer y la razón de nuestras divagaciones mortuorias: ¡Tan lejos está la muerte, y tan imprevisto lo que debemos vivir aún! ¿Aún...? No han pasado dos segundos: el sol está exactamente a la misma altura; las sombras no han avanzado un milímetro. Bruscamente, acaban de resolverse para el hombre tendido las divagaciones a largo plazo: se está muriendo. Muerto. Puede considerarse muerto en su cómoda postura. Pero el hombre abre los ojos y mira. ¿Qué tiempo ha pasado? ¿Qué cataclismo ha sobrevivido en el mundo? ¿Qué trastorno de la naturaleza trasuda el horrible acontecimiento? Va a morir. Fría, fatal e ineludiblemente, va a morir. El hombre resiste -¡es tan imprevisto ese horror!- y piensa: es una pesadilla; ¡esto es! ¿Qué ha cambiado? Nada. Y mira: ¿no es acaso ese el bananal? ¿No viene todas las mañanas a limpiarlo? ¿Quién lo conoce como él? Ve perfectamente el bananal, muy raleado, y las anchas hojas desnudas al sol. Allí están, muy cerca, deshilachadas por el viento. Pero ahora no se mueven... Es la calma del mediodía; pero deben ser las doce. Por entre los bananos, allá arriba, el hombre ve desde el duro suelo el techo rojo de su casa. A la izquierda entrevé el monte y la capuera de canelas. No alcanza a ver más, pero sabe muy bien que a sus espaldas está el camino al puerto nuevo; y que en la dirección de su cabeza, allá abajo, yace en el fondo del valle el Paraná dormido como un lago. Todo, todo exactamente como siempre; el sol de fuego, el aire vibrante y solitario, los bananos inmóviles, el alambrado de postes muy gruesos y altos que pronto tendrá que cambiar... ¡Muerto! ¿pero es posible? ¿no es éste uno de los tantos días en que ha salido al amanecer de su casa con el machete en la mano? ¿No está allí mismo con el machete en la mano? ¿No está allí mismo, a cuatro metros de él, su caballo, su malacara, oliendo parsimoniosamente el alambre de púa? ¡Pero sí! Alguien silba. No puede ver, porque está de espaldas al camino; mas siente resonar en el puentecito los pasos del caballo... Es el muchacho que pasa todas las mañanas hacia el puerto nuevo, a las once y media. Y siempre silbando... Desde el poste descascarado que toca casi con las botas, hasta el cerco vivo de monte que separa el bananal del camino, hay quince metros largos. Lo sabe perfectamente bien, porque él mismo, al levantar el alambrado, midió la distancia. ¿Qué pasa, entonces? ¿Es ése o no un natural mediodía de los tantos en Misiones, en su monte, en su potrero, en el bananal ralo? ¡Sin duda! Gramilla corta, conos de hormigas, silencio, sol a plomo... Nada, nada ha cambiado. Sólo él es distinto. Desde hace dos minutos su persona, su personalidad viviente, nada tiene ya que ver ni con el potrero, que formó él mismo a azada, durante cinco meses consecutivos, ni con el bananal, obras de sus solas manos. Ni con su familia. Ha sido arrancado bruscamente, naturalmente, por obra de una cáscara lustrosa y un machete en el vientre. Hace dos minutos: Se muere. El hombre muy fatigado y tendido en la gramilla sobre el costado derecho, se resiste siempre a admitir un fenómeno de esa trascendencia, ante el aspecto normal y monótono de cuanto mira. Sabe bien la hora: las once y media... El muchacho de todos los días acaba de pasar el puente. ¡Pero no es posible que haya resbalado...! El mango de su machete (pronto deberá cambiarlo por otro; tiene ya poco vuelo) estaba perfectamente oprimido entre su mano izquierda y el alambre de púa. Tras diez años de bosque, él sabe muy bien cómo se maneja un machete de monte. Está solamente muy fatigado del trabajo de esa mañana, y descansa un rato como de costumbre. ¿La prueba...? ¡Pero esa gramilla que entra ahora por la comisura de su boca la plantó él mismo en panes de tierra distantes un metro uno de otro! ¡Ya ése es su bananal; y ése es su malacara, resoplando cauteloso ante las púas del alambre! Lo ve perfectamente; sabe que no se atreve a doblar la esquina del alambrado, porque él está echado casi al pie del poste. Lo distingue muy bien; y ve los hilos oscuros de sudor que arrancan de la cruz y del anca. El sol cae a plomo, y la calma es muy grande, pues ni un fleco de los bananos se mueve. Todos los días, como ése, ha visto las mismas cosas. ...Muy fatigado, pero descansa solo. Deben de haber pasado ya varios minutos... Y a las doce menos cuarto, desde allá arriba, desde el chalet de techo rojo, se desprenderán hacia el bananal su mujer y sus dos hijos, a buscarlo para almorzar. Oye siempre, antes que las demás, la voz de su chico menor que quiere soltarse de la mano de su madre: ¡Piapiá! ¡Piapiá! ¿No es eso...? ¡Claro, oye! Ya es la hora. Oye efectivamente la voz de su hijo... ¡Qué pesadilla...! ¡Pero es uno de los tantos días, trivial como todos, claro está! Luz excesiva, sombras amarillentas, calor silencioso de horno sobre la carne, que hace sudar al malacara inmóvil ante el bananal prohibido. ...Muy cansado, mucho, pero nada más. ¡Cuántas veces, a mediodía como ahora, ha cruzado volviendo a casa ese potrero, que era capuera cuando él llegó, y antes había sido monte virgen! Volvía entonces, muy fatigado también, con su machete pendiente de la mano izquierda, a lentos pasos. Puede aún alejarse con la mente, si quiere; puede si quiere abandonar un instante su cuerpo y ver desde el tejamar por él construido, el trivial paisaje de siempre: el pedregullo volcánico con gramas rígidas; el bananal y su arena roja: el alambrado empequeñecido en la pendiente, que se acoda hacia el camino. Y más lejos aún ver el potrero, obra sola de sus manos. Y al pie de un poste descascarado, echado sobre el costado derecho y las piernas recogidas, exactamente como todos los días, puede verse a él mismo, como un pequeño bulto asoleado sobre la gramilla -descansando, porque está muy cansado.Pero el caballo rayado de sudor, e inmóvil de cautela ante el esquinado del alambrado, ve también al hombre en el suelo y no se atreve a costear el bananal como desearía. Ante las voces que ya están próximas -¡Piapiá!- vuelve un largo, largo rato las orejas inmóviles al bulto: y tranquilizado al fin, se decide a pasar entre el poste y el hombre tendido que ya ha descansado. |
El hombre muerto, 1920 |
EL ALMOHADÓN DE PLUMAS
Horacio Quiroga
(1879-1937)
EL ALMOHADÓN DE PLUMAS
(Cuentos de amor, de locura y de muerte, (1917)
(1879-1937)
EL ALMOHADÓN DE PLUMAS
(Cuentos de amor, de locura y de muerte, (1917)
Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.
Durante tres meses —se habían casado en abril— vivieron una dicha especial. Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.
La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso —frisos, columnas y estatuas de mármol— producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.
En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.
No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra.
Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.
—No sé —le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja—. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada.. . Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida.
Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pesos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección.
Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.
—¡Jordán! ¡Jordán! —clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.
Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.
—¡Soy yo, Alicia, soy yo!
Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.
Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.
Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor.
—Pst... —se encogió de hombros desalentado su médico—. Es un caso serio... poco hay que hacer...
—¡Sólo eso me faltaba! —resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.
Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha.
Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.
Murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.
—¡Señor! —llamó a Jordán en voz baja—. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.
Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.
—Parecen picaduras —murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.
—Levántelo a la luz —le dijo Jordán.
La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.
—¿Qué hay? —murmuró con la voz ronca.
—Pesa mucho —articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.
Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandos: —sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.
Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca —su trompa, mejor dicho— a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón había impedido sin dada su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.
Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.
Durante tres meses —se habían casado en abril— vivieron una dicha especial. Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.
La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso —frisos, columnas y estatuas de mármol— producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.
En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.
No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra.
Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.
—No sé —le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja—. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada.. . Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida.
Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pesos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección.
Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.
—¡Jordán! ¡Jordán! —clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.
Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.
—¡Soy yo, Alicia, soy yo!
Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.
Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.
Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor.
—Pst... —se encogió de hombros desalentado su médico—. Es un caso serio... poco hay que hacer...
—¡Sólo eso me faltaba! —resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.
Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha.
Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.
Murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.
—¡Señor! —llamó a Jordán en voz baja—. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.
Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.
—Parecen picaduras —murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.
—Levántelo a la luz —le dijo Jordán.
La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.
—¿Qué hay? —murmuró con la voz ronca.
—Pesa mucho —articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.
Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandos: —sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.
Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca —su trompa, mejor dicho— a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón había impedido sin dada su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.
Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.
horacio quiroga y la vanguardia
Horacio Quiroga, escritor de vanguardia; de Guillermo García: http://www.biblioteca.unlpam.edu.ar/pubpdf/anclajes/n10a09garcia.pdf
martes, 23 de julio de 2013
viernes, 17 de mayo de 2013
el heroe-maximo gorki
En las épocas antiguas, existía un país rodeado de bosques impenetrables; a uno de sus lados aparecía una estepa inmensa que se perdía a lo lejos, a lo lejos, en el horizonte...
En aquel país vivía un pueblo poderoso. Llenos de ardor y de fuerza, aquellos hombres tenían alegría de vivir y nada deseaban. Pero un día sucedieron grandes desgracias. De más allá de la estepa cayó sobre ellos un ejército extranjero y los arrojó a lo más profundo del bosque, ahí donde las nieblas flotan sobre los pantanos.
Los árboles crecían tan cerca unos de otros, que sus ramas entrelazadas ocultaban el cielo; apenas si el sol las podía atravesar, y cuando sus rayos llegaban hasta la superficie de las aguas embarradas, los malos olores hacían sufrir a los pulmones más fuertes. Y las mujeres y los niños gemían, y tristes pensamientos oscurecían las caras de los hombres.
Querían abandonar esos lugares malditos. Pero ¿que hacer? ¿Volver a caer en las manos crueles de los enemigos, o ir más adentro del bosque, hacia lo desconocido? Ninguno tenía animo para tomar una resolución, aunque todos eran fuertes como robles.
Silenciosos, duros como si fueran de piedra, se veían los troncos de los árboles en la penumbra gris; en la tarde, cuando las hogueras del campamento estaban encendidas, sus ramas parecían querer enlazar a los hombres en un abrazo más estrecho todavía. Y cuando el viento sacudía su follaje, la gran voz del bosque dejaba oír un extraño gemido, un lamento amenazador, una especie de canto fúnebre para los desgraciados que se habían refugiado a su amparo.
Continuaban pensando, mudos, respirando el vapor venenoso de las aguas; continuaban durmiendo junto a las hogueras del campamento, a cuyos reflejos parecían danzar sombras silenciosas... Y creían que esas sombras eran los malos espíritus del bosque que se burlaban de ellos.
Nada destruye tanto el cuerpo y el alma como la falta de ánimo. Por eso aquellos hombres, poco a poco, se debilitaban y perdían la voluntad. La cobardía y el aburrimiento se apoderaban de ellos y nada hacían con sus manos, antes tan robustas. Ante los cadáveres de aquellos que cada día morían por los vapores de los pantanos, las mujeres gritaban y se lamentaban con desesperación y los llantos subían hacia el aire sombrío. Otras veces, llenos de rabia, pensaban en ir contra el enemigo aunque perdieran la vida o la libertad, porque la esclavitud y la muerte eran preferibles a aquella tortura.
Entonces, entre los hombres, se distinguió Danko.
Tenía la belleza y el ardor de la juventud. Los hombres hermosos siempre son valientes. Miró a sus compañeros y les dijo:
-Hermanos, el pensamiento no resuelve, por sí solo, los problemas; necesita de la acción. Si hay una piedra en medio del camino, con pensar solamente en que es un estorbo no va a desaparecer. Es preciso la acción para sacar la piedra del paso. ¿Por qué gastar nuestras fuerzas en pensamientos tristes? ¡Levántense! Atravesemos el bosque. Como todas las cosas de la tierra, el bosque también tendrá su fin. Vamos, hermanos, ¡en marcha!
Todos miraron al que hablaba así. En sus ojos había tanta seguridad, estaba tan seguro de la victoria, que, como un solo hombre, todos alargaron sus brazos hacia él y lo aclamaron.
Se puso delante de todos y ellos lo siguieron, llenos de confianza. El camino era difícil. Los arboles, las ramas, se enredaban como serpientes, formando una pared casi impenetrable; todos los días alguien moría en las profundidades del pantano. Cuanto más adelantaban, más el bosque y el pantano multiplicaban sus peligros; y más se agotaban las fuerzas de los hombres.
Empezaron a oírse quejas. Se dudó de Danko, decían que era muy joven y sin experiencia.
-Va sin rumbo... Nos extravía...
Pero Danko iba siempre adelante de todos, a la cabeza, sin perder su coraje y seguro de triunfar.
Un día una gran tempestad hizo oír su amenazadora voz y al bosque lo envolvió una gran oscuridad, como si todas las noches, desde el nacimiento de la tierra, hubieran juntado en aquel lugar su horror angustioso.
Bajo los árboles gigantescos caminaban los hombres pequeñísimos, y las plantas robustas le doblaban como rosales. Zigzagueaban los relámpagos lanzando, a través de la noche, sus garras luminosas, como para apresar a los seres perdidos que escapaban, tan pronto encandilados por la luz como hundidos en la oscuridad.
Por fin se detuvieron, extenuados, y rodearon a Danko. Empezaron a gritar:
-¡Nos ha engañado...! ¡Nos ha perdido... ¡Muera! ¡Muera!
De repente, la tormenta se calmó. Un último relámpago, como un presagio, pareció confirmar las palabras de los hombres, y un estremecimiento de placer pasó sobre las cimas.
-¡Hombres débiles! -gritó Danko-. Ustedes me eligieron como guía. Conozco el fin y a él voy, sin hacer caso de las dificultades. Pero ustedes se dejan desilusionar por la extensión del camino y no conservan ni el valor ni la fuerza. Y es un rebaño de corderos lo que yo llevo detrás de mí.
Otra vez el bosque escuchó gritos de muerte. Danko miró a aquellos por quienes se había sacrificado y vio que eran semejantes a las bestias. Detrás de los ojos que lo miraban no había almas. Comprendió que ninguno le tendría compasión y, ante esa ignorancia, estalló la ira en su corazón. Luego sintió una piedad muy grande, una angustia tremenda, y pensó que, sin él, aquel pueblo querido caminaría hacia la muerte. Y entonces sintió más necesidad de salvar a aquellos miserables. Este deseo iluminó su mirada, pero, sin comprenderlo y para luchar contra él, se apretujaron más estrechamente a su alrededor.
Y la muchedumbre vociferaba sin cesar; los relámpagos herían la noche y el bosque murmuraba siempre su triste canción.
Permaneció con la frente en alto; sus ojos brillaban, llenos de todo su amor.
-¡Sálvalos! -se gritó con una voz que dominó los ruidos de la tormenta.
Y entonces, abriéndose el pecho con las uñas, se sacó el corazón y lo levantó en alto, con las dos manos, por encima de su cabeza.
El corazón iluminaba como el sol.
De repente el bosque quedó en silencio, y ante la llama de amor, la oscuridad retrocedió, cediéndole el sitio. Sobre los mismos yuyos, a ras de las aguas estancadas, la luz se extendía...
-¡Vamos! -gritó Danko, y echó a caminar. Con paso seguro, ocupando su lugar; siempre en alto, para mostrar el camino, el corazón luminoso.
Todos le siguieron. El bosque, sorprendido, sacudió su ramaje y nuevamente hizo oír sus rumores. Pero los pasos seguros de los hombres apagaron su voz. Porque ahora marchaban todos sin miedo, guiados por la luz del corazón llameante, dominados por una fuerza irresistible y mágica. Aún caían muchos, pero morían contentos, sin una lágrima, sin un lamento.
Danko caminaba siempre delante de sus compañeros, sosteniendo su corazón rodeado de luz.
Y de repente el bosque, como si se declarara vencido, les dejó libre el paso y se separó de ellos, cerrando después su espeso muro. Con todo su pueblo, Danko entró en la luz, en el sol, en el aire puro que perfumaban las plantas.
La tempestad había quedado atrás. El sol extendía su resplandor sobre la estepa ondulada cubierta de flores. Miles de gotas de rocío brillaban entre la hierba.
Atardecía. Los rayos del sol se ocultaban, coloreando de púrpura las aguas del río, cuyas espumas se volvían rojas como la sangre que manaba del pecho de Danko.
Moribundo ya, miró por última vez la estepa inmensa en que su pueblo, ahora libre, iba a vivir. Y el héroe cayó al suelo y murió.
A lo lejos, los árboles admirados murmuraron; sobre el césped salpicado de su sangre, corrió una brisa. Pero los hombres alegres, llenos de esperanza, no pensaban ya en él y no se daban cuenta de que el corazón ardiente llameaba siempre al lado del muerto.
Uno de ellos lo vio de pronto y, con prudencia lo aplastó con el pie.
El corazón de Danko despidió aún algunos resplandores; luego se apagó.
Y es de este corazón de donde salen todavía las luces azules que, antes de la tormenta, brillan en la estepa como pequeñas lenguas de fuego.
En aquel país vivía un pueblo poderoso. Llenos de ardor y de fuerza, aquellos hombres tenían alegría de vivir y nada deseaban. Pero un día sucedieron grandes desgracias. De más allá de la estepa cayó sobre ellos un ejército extranjero y los arrojó a lo más profundo del bosque, ahí donde las nieblas flotan sobre los pantanos.
Los árboles crecían tan cerca unos de otros, que sus ramas entrelazadas ocultaban el cielo; apenas si el sol las podía atravesar, y cuando sus rayos llegaban hasta la superficie de las aguas embarradas, los malos olores hacían sufrir a los pulmones más fuertes. Y las mujeres y los niños gemían, y tristes pensamientos oscurecían las caras de los hombres.
Querían abandonar esos lugares malditos. Pero ¿que hacer? ¿Volver a caer en las manos crueles de los enemigos, o ir más adentro del bosque, hacia lo desconocido? Ninguno tenía animo para tomar una resolución, aunque todos eran fuertes como robles.
Silenciosos, duros como si fueran de piedra, se veían los troncos de los árboles en la penumbra gris; en la tarde, cuando las hogueras del campamento estaban encendidas, sus ramas parecían querer enlazar a los hombres en un abrazo más estrecho todavía. Y cuando el viento sacudía su follaje, la gran voz del bosque dejaba oír un extraño gemido, un lamento amenazador, una especie de canto fúnebre para los desgraciados que se habían refugiado a su amparo.
Continuaban pensando, mudos, respirando el vapor venenoso de las aguas; continuaban durmiendo junto a las hogueras del campamento, a cuyos reflejos parecían danzar sombras silenciosas... Y creían que esas sombras eran los malos espíritus del bosque que se burlaban de ellos.
Nada destruye tanto el cuerpo y el alma como la falta de ánimo. Por eso aquellos hombres, poco a poco, se debilitaban y perdían la voluntad. La cobardía y el aburrimiento se apoderaban de ellos y nada hacían con sus manos, antes tan robustas. Ante los cadáveres de aquellos que cada día morían por los vapores de los pantanos, las mujeres gritaban y se lamentaban con desesperación y los llantos subían hacia el aire sombrío. Otras veces, llenos de rabia, pensaban en ir contra el enemigo aunque perdieran la vida o la libertad, porque la esclavitud y la muerte eran preferibles a aquella tortura.
Entonces, entre los hombres, se distinguió Danko.
Tenía la belleza y el ardor de la juventud. Los hombres hermosos siempre son valientes. Miró a sus compañeros y les dijo:
-Hermanos, el pensamiento no resuelve, por sí solo, los problemas; necesita de la acción. Si hay una piedra en medio del camino, con pensar solamente en que es un estorbo no va a desaparecer. Es preciso la acción para sacar la piedra del paso. ¿Por qué gastar nuestras fuerzas en pensamientos tristes? ¡Levántense! Atravesemos el bosque. Como todas las cosas de la tierra, el bosque también tendrá su fin. Vamos, hermanos, ¡en marcha!
Todos miraron al que hablaba así. En sus ojos había tanta seguridad, estaba tan seguro de la victoria, que, como un solo hombre, todos alargaron sus brazos hacia él y lo aclamaron.
Se puso delante de todos y ellos lo siguieron, llenos de confianza. El camino era difícil. Los arboles, las ramas, se enredaban como serpientes, formando una pared casi impenetrable; todos los días alguien moría en las profundidades del pantano. Cuanto más adelantaban, más el bosque y el pantano multiplicaban sus peligros; y más se agotaban las fuerzas de los hombres.
Empezaron a oírse quejas. Se dudó de Danko, decían que era muy joven y sin experiencia.
-Va sin rumbo... Nos extravía...
Pero Danko iba siempre adelante de todos, a la cabeza, sin perder su coraje y seguro de triunfar.
Un día una gran tempestad hizo oír su amenazadora voz y al bosque lo envolvió una gran oscuridad, como si todas las noches, desde el nacimiento de la tierra, hubieran juntado en aquel lugar su horror angustioso.
Bajo los árboles gigantescos caminaban los hombres pequeñísimos, y las plantas robustas le doblaban como rosales. Zigzagueaban los relámpagos lanzando, a través de la noche, sus garras luminosas, como para apresar a los seres perdidos que escapaban, tan pronto encandilados por la luz como hundidos en la oscuridad.
Por fin se detuvieron, extenuados, y rodearon a Danko. Empezaron a gritar:
-¡Nos ha engañado...! ¡Nos ha perdido... ¡Muera! ¡Muera!
De repente, la tormenta se calmó. Un último relámpago, como un presagio, pareció confirmar las palabras de los hombres, y un estremecimiento de placer pasó sobre las cimas.
-¡Hombres débiles! -gritó Danko-. Ustedes me eligieron como guía. Conozco el fin y a él voy, sin hacer caso de las dificultades. Pero ustedes se dejan desilusionar por la extensión del camino y no conservan ni el valor ni la fuerza. Y es un rebaño de corderos lo que yo llevo detrás de mí.
Otra vez el bosque escuchó gritos de muerte. Danko miró a aquellos por quienes se había sacrificado y vio que eran semejantes a las bestias. Detrás de los ojos que lo miraban no había almas. Comprendió que ninguno le tendría compasión y, ante esa ignorancia, estalló la ira en su corazón. Luego sintió una piedad muy grande, una angustia tremenda, y pensó que, sin él, aquel pueblo querido caminaría hacia la muerte. Y entonces sintió más necesidad de salvar a aquellos miserables. Este deseo iluminó su mirada, pero, sin comprenderlo y para luchar contra él, se apretujaron más estrechamente a su alrededor.
Y la muchedumbre vociferaba sin cesar; los relámpagos herían la noche y el bosque murmuraba siempre su triste canción.
Permaneció con la frente en alto; sus ojos brillaban, llenos de todo su amor.
-¡Sálvalos! -se gritó con una voz que dominó los ruidos de la tormenta.
Y entonces, abriéndose el pecho con las uñas, se sacó el corazón y lo levantó en alto, con las dos manos, por encima de su cabeza.
El corazón iluminaba como el sol.
De repente el bosque quedó en silencio, y ante la llama de amor, la oscuridad retrocedió, cediéndole el sitio. Sobre los mismos yuyos, a ras de las aguas estancadas, la luz se extendía...
-¡Vamos! -gritó Danko, y echó a caminar. Con paso seguro, ocupando su lugar; siempre en alto, para mostrar el camino, el corazón luminoso.
Todos le siguieron. El bosque, sorprendido, sacudió su ramaje y nuevamente hizo oír sus rumores. Pero los pasos seguros de los hombres apagaron su voz. Porque ahora marchaban todos sin miedo, guiados por la luz del corazón llameante, dominados por una fuerza irresistible y mágica. Aún caían muchos, pero morían contentos, sin una lágrima, sin un lamento.
Danko caminaba siempre delante de sus compañeros, sosteniendo su corazón rodeado de luz.
Y de repente el bosque, como si se declarara vencido, les dejó libre el paso y se separó de ellos, cerrando después su espeso muro. Con todo su pueblo, Danko entró en la luz, en el sol, en el aire puro que perfumaban las plantas.
La tempestad había quedado atrás. El sol extendía su resplandor sobre la estepa ondulada cubierta de flores. Miles de gotas de rocío brillaban entre la hierba.
Atardecía. Los rayos del sol se ocultaban, coloreando de púrpura las aguas del río, cuyas espumas se volvían rojas como la sangre que manaba del pecho de Danko.
Moribundo ya, miró por última vez la estepa inmensa en que su pueblo, ahora libre, iba a vivir. Y el héroe cayó al suelo y murió.
A lo lejos, los árboles admirados murmuraron; sobre el césped salpicado de su sangre, corrió una brisa. Pero los hombres alegres, llenos de esperanza, no pensaban ya en él y no se daban cuenta de que el corazón ardiente llameaba siempre al lado del muerto.
Uno de ellos lo vio de pronto y, con prudencia lo aplastó con el pie.
El corazón de Danko despidió aún algunos resplandores; luego se apagó.
Y es de este corazón de donde salen todavía las luces azules que, antes de la tormenta, brillan en la estepa como pequeñas lenguas de fuego.
Máximo Gorki (1868-1936)
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